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La Pepa de Tizón

 
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Autor Mensaje
Rogorn
Alférez


Registrado: Feb 01, 2007
Mensajes: 9437
Ubicación: Campeón del Mundo

MensajePublicado: Lun Mar 19, 2012 11:08 pm    Asunto: La Pepa de Tizón Responder citando

(Cádiz, 19 de marzo de 1812)

Llueve como si las nubes oscuras y bajas tuvieran espitas abiertas, y por ellas se derramaran torrentes. El violento temporal de agua y viento que azotó Cádiz por la mañana ha dado paso a un aguacero intenso, continuo, que lo empapa todo repiqueteando en los toldos, las fachadas de las casas y los extensos charcos, formando regueros en la arena echada sobre el pavimento para que no resbalen los cascos de los caballos. De los balcones cuelgan banderas mojadas y guirnaldas de flores deshechas por la lluvia. Al resguardo del portal de la iglesia de San Antonio, entre la gente que se protege con hules y paraguas o se agrupa por centenares bajo los toldos y en los balcones, Rogelio Tizón observa la ceremonia que, pese a la lluvia, se desarrolla en el dosel levantado en el centro de la plaza. España, o lo que de ella simboliza Cádiz, ya tiene Constitución. Se presentó de modo solemne esta mañana, sin que el mal tiempo desluciera el festejo. El peligro de las bombas francesas, que desde hace semanas caen con más precisión y frecuencia, desaconsejaba celebrar la procesión de diputados y autoridades, y el tedeum previsto en la catedral. Se temía, con razón, que los enemigos pusieran de su parte para señalar la fecha. De modo que se trasladó el acontecimiento a la iglesia del Carmen, frente a la Alameda, fuera del alcance artillero enemigo, donde el gentío entusiasmado –la ciudad en pleno está en la calle, sin distinción de oficios ni condición– aguantó a pie firme las turbonadas de viento, el agua inclemente y hasta el desgarro repentino de un árbol robusto, que cayó sin causar daños; no haciendo el suceso sino aumentar el alborozo popular, mientras sonaban las campanas de todas las iglesias, atronaba la artillería de la plaza y los navíos fondeados, y la extensa línea de baterías francesas respondía desde el otro lado. Celebrando allí, a su manera, que hoy, 19 de marzo de 1812, es día del santo de José I Bonaparte.

Ahora, entrada la tarde, continúa el protocolo previsto, y Rogelio Tizón está sorprendido del aguante de la gente. Después de pasar la mañana azotados por el temporal, los gaditanos acompañan bajo el aguacero, entusiasmados, la lectura solemne del texto constitucional, que ya se ha hecho dos veces: frente al edificio de la Aduana, donde la Regencia dispuso un retrato de Fernando VII, y en la plaza del Mentidero. Cuando la tercera ceremonia acabe frente a San Antonio, la comitiva oficial, seguida por el público y recorriendo las calles orilladas de gente, se trasladará al último lugar previsto: la puerta de San Felipe Neri, donde aguardan los diputados que esta mañana hicieron entrega a los regentes de un ejemplar de la Constitución recién impreso –La Pepa, como ya la bautizan en honor a la fecha–. Y es curioso, observa Tizón mirando en torno, de qué manera el acontecimiento suscita, al menos por unas horas, unanimidad general y común entusiasmo. Como si hasta los más críticos con la aventura constitucional cedieran al impulso colectivo de alegría y esperanza, todos aceptan con gusto los fastos del día. O parecen hacerlo. Con sorpresa, el policía ha visto hoy a algunos de los monárquicos más reaccionarios, contrarios a cuanto huela a soberanía nacional, participar en la solemnidad, aplaudir con todos, o al menos tener buen semblante y la boca cerrada. Incluso dos diputados rebeldes, un tal Llamas y el representante de Vizcaya, Eguía, que se negaban a acatar el texto aprobado por las Cortes –el primero por declararse contrario a la soberanía de la nación, y escudándose el otro en los fueros de su provincia–, firmaron y juraron esta mañana, como los demás, cuando se les puso en la coyuntura de hacerlo o verse desposeídos del título de españoles y desterrados en el plazo fulminante de veinticuatro horas. Después de todo, concluye con sorna el comisario, también la prudencia y el miedo, y no sólo el contagio del entusiasmo patrio, hacen milagros constitucionales.

Ha acabado la lectura, y la solemne comitiva se pone de nuevo en marcha. Con las tropas formadas a lo largo de la carrera y presentando armas mientras la lluvia arruina los uniformes de los soldados, la comitiva desfila hacia la calle de la Torre, escoltada por un piquete de caballería y a los compases de una banda de música que el agua torrencial desluce y acalla, pero que la gente agolpada a lo largo del recorrido saluda con alegría. Cuando el cortejo pasa cerca de la iglesia, Rogelio Tizón observa al nuevo gobernador de la plaza y jefe de la escuadra del Océano, don Cayetano Valdés: serio, flaco, erguido, con patillas que le llegan al cuello de la casaca, el hombre que mandó el 'Pelayo' en San Vicente y el 'Neptuno' en Trafalgar viste uniforme de teniente general y camina impasible bajo el aguacero, llevando en las manos un ejemplar de la Constitución encuadernado en tafilete rojo, que protege lo mejor que puede. Desde que Villavicencio pasó a la Regencia y Valdés ocupó su despacho de gobernador militar y político de la ciudad, Tizón sólo se ha entrevistado con éste una vez, en compañía del intendente García Pico y con resultados desagradables. A diferencia de su antecesor, Valdés tiene ideas liberales. También resulta individuo de trato directo y seco, impolítico, con las maneras bruscas del marino que durante toda su vida estuvo sobre las armas. Con él no valen tretas ni sobreentendidos. Desde el primer momento, al plantearse el asunto de las muchachas muertas, el nuevo gobernador puso las cosas claras a intendente y comisario: si no hay resultados, exigirá responsabilidades. En cuanto al modo de llevar las investigaciones sobre ése o cualquier otro asunto, también aseguró a Tizón –de cuyo historial parece bien informado– que no tolerará la tortura de presos, ni detenciones arbitrarias, ni abusos que vulneren las nuevas libertades establecidas por las Cortes. España ha cambiado, dijo antes de despedirlos de su despacho. No hay vuelta atrás ni para ustedes ni para mí. Así que más vale que nos vayamos enterando todos.

Observando con ojo crítico la comitiva, el comisario recuerda las palabras del hombre que camina erguido bajo la lluvia y se pregunta, con malsana curiosidad, qué ocurrirá si vuelve el rey prisionero en Francia. Cuando el joven Fernando, tan amado por el pueblo como desconocido en su carácter e intenciones –los informes particulares de que dispone Tizón sobre su conducta en la conjura de El Escorial, el motín de Aranjuez y el cautiverio en Bayona no lo favorecen mucho–, regrese y se encuentre con que, durante su ausencia y en su nombre, un grupo de visionarios influidos por las ideas de la Revolución francesa ha puesto patas arriba el orden tradicional, con el pretexto de que, privado de sus monarcas –o abandonado por ellos– y entregado al enemigo, el pueblo español pelea por sí mismo y dicta sus propias leyes. Por eso, viendo proclamar la Constitución entre el fervor popular, Rogelio Tizón, a quien la política tiene sin cuidado, pero que posee larga experiencia en hurgar dentro del corazón humano, se pregunta si toda esa gente a la que ve aplaudir y dar vivas bajo la lluvia –el mismo pueblo analfabeto y violento que arrastró por las calles al general Solano y haría lo mismo con el general Valdés, llegado el caso–, no aplaudiría con idéntico entusiasmo la moda opuesta. También se pregunta si, cuando vuelva Fernando VII, aceptará éste con resignación el nuevo estado de cosas, o coincidirá con quienes afirman que el pueblo no pelea por una quimérica soberanía nacional, sino por su religión y por su rey, para devolver España a su estado anterior; y que atribuirse y atribuirle tal autoridad no es sino usurpación y atrevimiento. Un disparate que el tiempo acabará poniendo en su sitio.

En la plaza de San Antonio sigue lloviendo a mares. Entre ruido de cascos de caballos y música festiva, el cortejo se aleja despacio bajo las banderas y colgaduras que chorrean agua en los balcones. Recostándose bajo el pórtico de la iglesia, el comisario saca la petaca y enciende un cigarro. Luego mira con mucha tranquilidad el gentío alborozado que lo rodea, las personas de toda condición que aplauden entusiasmadas. Lo hace tomándole medida a cada rostro, como para fijárselos en la memoria. Se trata de un reflejo profesional: simple previsión técnica. A fin de cuentas, liberales o realistas, lo que se debate en Cádiz no es sino un estilo nuevo, diferente, de la eterna lucha por el poder. Rogelio Tizón no ha olvidado que hasta hace poco, siguiendo órdenes superiores y en nombre del viejo Carlos IV, metía en la cárcel a quienes introducían folletos y libros con ideas idénticas a las que hoy pasea el gobernador encuadernadas en tafilete. Y sabe que con franceses o sin ellos, con reyes absolutos, con soberanía nacional o con Pepa la cantaora sentada en San Felipe Neri, cualquiera que mande en España, como en todas partes, seguirá necesitando cárceles y policías.
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