Registrado: Feb 01, 2007 Mensajes: 9445 Ubicación: Campeón del Mundo
Publicado: Dom Sep 21, 2008 7:26 pmAsunto: CL 11: La última galera
Libro 6: Corsarios de Levante
Capítulo 11: La última galera
Resumen:
No sé cómo fue Lepanto, pero nunca olvidaré las bocas de Escanderlu: el suelo movedizo de tablas, el mar acechando abajo dispuesto a engullirte en la caída, los gritos de hombres que mataban y morían, la sangre chorreando por los costados de las galeras, el humo espeso y el fuego. (...) Habíamos hecho de tripas corazón, dando media vuelta para ir en socorro de la Caridad Negra (...). Como era mejor batirse juntas que por separado, el capitán Urdemalas (...) ejecutó una peritísima maniobra que puso nuestra proa en la popa misma de la capitana, de manera que ambas naves quedaron casi abarloadas, pudiéndose pasar de una a otra en caso necesario. Excuso decir el alivio y las voces con que los vizcaínos del capitán Machín de Gorostiola -«¡Ekin! ¡Cierra! ¡Ekin!», gritaban, alentados- saludaron nuestra llegada (...). Formábamos, en fin, una y otra galera española (...) figura de plaza fuerte asediada por todas partes, con la diferencia de que estábamos en mitad del mar, y en lugar de muros sólo nos protegían de tiros y asaltos enemigos los paveses puestos en bordas y arrumbadas, cada vez más deshechos (...).
Los jenízaros eran valientes en extremo. Saltaban al abordaje en oleadas, animándose en nombre de Dios y del Gran Turco a cortar cabezas de canes infieles. Y venían con tanto desprecio a la muerte cual si las huríes del paraíso de Mahoma estuviesen a nuestra espalda. (...) Pero Dios y el rey eran servidos de lo contrario, pues frente a su denuedo y desprecio a la muerte, la antigua disciplina de la infantería española seguía poniendo naipes en la mesa. Cada oleada turca se estrellaba en el muro de nuestra escopetería (...); de manera que esa combinación de plomo, acero y redaños mantenía al enemigo en razonable respeto, dándole más dentelladas que perro con pulgas. Y tras un largo rato de combate despiadado, el frágil reducto de la Caridad Negra y la Mulata, trabadas juntas y escupiendo fuego con cinco galeras turcas alrededor (...), dejó claro al enemigo que la victoria iba a regarla con mucha sangre suya y nuestra.
-¡Santiago!... ¡Santiago!... ¡Cierra, España, cierra! (...)
Otros eran menos convencionales e insultaban a los turcos, como éstos a nosotros, en cuanta lengua castellana, vascongada, griega, turquesca o franca acudía a la boca, tratándolos de perros e hideputas a más no poder, y de bardajes, que es bujarrón en su parla, sin olvidar el cerdo que preñó a tal o cual madre agarena y otras lindezas sobre la secta perversa de Mahoma; a lo que los otomanos respondían, en su lengua, con imaginativas variantes -el Mediterráneo siempre dio mucho de sí- sobre la discutible virginidad de María Santísima o la dudosa virilidad de Cristo, incluyendo acerbas consideraciones sobre la honestidad de las madres que nos habían parido. Todo muy al uso, en fin, de lo que en tales parajes y situaciones se acostumbraba.
De cualquier modo, bravatas aparte, unos y otros sabíamos que para los turcos era cuestión de paciencia y barajar. Nos triplicaban en gente, como poco, y podían encajar las bajas y retirarse a tomar respiro, relevándose en no darnos tregua, mientras que para nosotros no había apenas reposo. Además, cada vez que hacíamos apartarse a una galera enemiga, ésta aprovechaba la distancia para mandarnos una andanada con el cañón de cincuenta libras y las piezas de apoyo, haciendo vasta carnicería (...).
Debíamos de llevar dos horas largas de combate cuando una de las galeras turcas, en hábil maniobra de su arráez, logró meternos el espolón casi hasta el árbol de trinquete de la Mulata, y por allí nos vino de nuevo gran copia de jenízaros (...). Gritóse entonces a tapar brecha y allá fuimos cuantos podíamos, apretujándonos por la crujía y los corredores de las bandas, y yo de los primeros, pues por nada del mundo estaba dispuesto a quedarme atrás mientras hacían cuartos al capitán. (...) Dimos, en fin, sobre los enemigos, y yo de los primeros, sin cuidarme mucho de mi persona; que la furia del combate me tenía fuera de mí y de todo recaudo. (...)
Fue en ese momento cuando vi morir al sargento Quemado, (...) alcanzado en el pecho por una bala de arcabuz que lo hizo caer muerto en el acto. Con aquella desgracia tornillearon algunos de los nuestros, y a punto estuvimos de perder lo ganado con tanto coraje y tanta sangre; pero alzamos el rostro al cielo -y no precisamente para rezar- acometiendo como fieras, resueltos a vengar a Quemado o a dejar la piel en el espolón turco. Lo que sucedió a continuación no hay pluma que lo escriba, y no seré yo quien diga lo que hice; que Dios y yo lo sabemos. Baste decir que ganamos de nuevo la proa de la Mulata, y que cuando la galera turca, muy maltratada, hizo ciascurre y retrocedió, retirando el espolón de nuestra banda, ninguno de los turcos que habían venido al abordaje pudo volver a bordo.
Fue así como pasamos el resto del día, cabezudos como aragoneses, aguantando andanadas de artillería y rechazando sucesivos abordajes de las galeras que ya no eran cinco, sino siete; pues la capitana de tres fanales y otra nave turca se unieron por la tarde al combate, trayendo aparejadas en sus entenas las cabezas de frey Fulco Muntaner y sus caballeros. (...) La Religión riñó con tanta ferocidad que, según supimos más tarde, ni a uno solo cogieron vivo. Por suerte para nosotros, y debido al estrago del combate, ni la capitana turca ni su conserva estaban en disposición de pelear ese día, limitándose a acercarse de vez en cuando, relevando a las otras, para tirarnos desde lejos. En cuanto a la tercera galera turca, muy maltratada en la pelea con la de Malta, se había ido al fondo sin remedio.
A última hora de la tarde, otomanos y españoles estábamos exhaustos: confortados nosotros de resistir a tan gran número de enemigos, y dándose ellos al diablo por no ser capaces de quebrarnos el espinazo. (...) Para animarnos, el capitán Urdemalas ordenó repartir lo que quedaba de arraquín, que no era mucho, y que se nos diera un refresco -el fogón estaba destrozado y el cocinero muerto- con tasajo de tintorera seca, vino aguado, algo de aceite y bizcocho. (...) Habíamos visto lo maltratados que también ellos estaban, y eso daba esperanza; que en tales zozobras, a cualquier ilusión se aferra el hombre perdido. Lo cierto es que nuestra gallarda defensa envalentonaba a los más alentados, y hasta hubo quienes idearon una donosa burla para los turcos; (...) tomaron dos gallinas vivas de las que había en las jaulas de la gambuza, (...) y atándolas con mucho ingenio sobre una almadía de tablas con una pequeña vela encima, se las dejó ir hacia las galeras enemigas entre mucha carcajada y gritos de desafío; siendo eso celebrado por toda nuestra gente, y más cuando los turcos, aunque acibarados de la befa, las recogieron y subieron a sus naves. Esto nos levantó el ánimo, que buena falta hacía, hasta el punto de que algunos empezaron a cantar (...). Con lo que a poco terminamos todos agolpados en las bordas, gritando a los perros, a voz en cuello y entre gran algarabía, que se arrimaran un poquito más, que aún nos placía darnos un verde con un par de abordajes suyos antes de irnos a dormir; y que si no eran suficientes para osarlo, fuesen a Constantinopla a buscar a sus hermanos y padres si los conocían, acompañados por las putañas de sus madres y hermanas; para las que reservábamos, cómo no, intenciones especiales. Y era de ver que hasta nuestros heridos se incorporaban sobre los codos y aullaban, envueltos en vendajes ensangrentados, echando con tales gritos toda la rabia y la angustia que llevábamos dentro, confortándonos en la bravata hasta el punto de que ni don Agustín Pimentel ni los capitanes quisieron estorbarnos el desahogo. Muy al contrario, lo animaban y participaban de él, conscientes de que, condenados a muerte como estábamos, cualquier cosa nos alentaría a tasar en más alto precio las cabezas. Pues si los turcos querían colgarlas también en sus entenas, primero tendrían que venir a cortárnoslas.
Todavía hubo esa noche un punto más de desafío, pues nuestros jefes hicieron encender los fanales de popa, a fin de que los turcos supieran dónde hallarnos. (...)
Desesperados estábamos, cierto. Mas éramos novillos amadrigados, y aquella falta de esperanza resultaba natural a nuestras vidas. Como españoles, nuestra familiaridad con la muerte nos permitía aguardarla de pie y nos obligaba a ello; pues a diferencia de otras naciones, nos juzgábamos entre nosotros según la manera de comportarnos ante el peligro. Esa era la razón de que crueldad, honor y reputación se confundieran tanto en nuestro carácter. Que, como había apuntado Jorge Manrique, siglos de lucha contra el Islam nos habían hecho hombres libres, orgullosos y convencidos de nuestros fueros y privilegios. (...) Eso explica que, hechos al áspero azar, siempre con el Cristo en la boca y el ánima en el filo de un acero, en aquella triste jornada aceptásemos nuestra suerte, si era la del día postrero, como habíamos encarado la de tantos días semejantes, ensayos de ése: con la resignación del campesino ante el pedrisco que destruye su cosecha, la del pescador ante sus redes vacías, o la de una madre cierta de que su hijo morirá en el parto o será arrebatado por las fiebres sin dejar la cuna. Pues sólo los regalados, los cómodos, los menguados que viven de espaldas a la realidad de la existencia, se rebelan contra el precio riguroso que tarde o temprano todos pagan.
Al cabo, con mucho cuidado, (Alatriste) se quitó de encima el trozo de vela rota con el que se cubría y me lo puso por encima. Yo no era ya un niño, como en Flandes, y aquello me caldeó menos el cuerpo -poco abrigaba la vela, a fin de cuentas- que el corazón. Al amanecer repartieron un poco más de vino y bizcocho; y mientras dábamos cuenta del magro desayuno, llegó la orden de desherrar a la chusma que estuviese dispuesta a pelear. Eso hizo que nos mirásemos unos a otros con cara de entender la mácula: muy apretados íbamos para recurrir a tal extremo. La medida excluía a los forzados turcos, moros y de naciones enemigas como ingleses y holandeses; pero daba a los otros la oportunidad, si peleaban bien y salían vivos, de ver redimidas sus penas o parte de ellas, a recomendación de nuestro general. Esa no era mala ventura para los forzados españoles y de otras naciones católicas: su suerte, de permanecer al remo, era irse al fondo si la galera se hundía, pues pocos se ocupaban de desherrarlos en el desconcierto de un naufragio, o seguir esclavos remando para los turcos, situación que sólo podían evitar si renegaban para adquirir la libertad -en España, sin embargo, un esclavo bautizado seguía siendo esclavo-: extremo este al que algunos se inclinaban, sobre todo los jóvenes, por razones fáciles de comprender; pero que era menos frecuente de lo que se cree, pues hasta entre galeotes la religión era cosa arraigada y grave, y la mayor parte de los españoles apresados por berberiscos y turcos se mantenía en la verdadera fe, pese al cautiverio y su miseria (...).
Las galeras, que habían perdido ya un tercio de su gente de cabo y guerra, se vieron reforzadas por sesenta o setenta hombres, resueltos a morir peleando en vez de ahogados de mala manera o hechos pedazos por la furia de unos y otros. Entre ellos (...) se contaba cierto espalder de la Mulata llamado Joaquín Ronquillo, gitano, joya del Perchel malagueño, conocido del capitán Alatriste y mío, muy peligroso y temido a bordo; hasta el extremo de que durante algún tiempo había guardado nuestros ahorros en su remiche, más seguros allí que en casa de un genovés. (...) Apenas asomó el sol en un cielo que amanecía despejado y con la misma bonanza del día anterior, las siete galeras turcas, con gran griterío y estruendo de címbalos, añafiles y chirimías, empezaron a remar hacia nosotros.
El alférez Labajos había muerto a mitad de combate, muy agobiado de turcos, rechazando el enésimo abordaje a la carroza de la Mulata. (...) La pelea había durado cuatro horas, y cuando los turcos se retiraron para rehacerse (...) las pérdidas en una y otra eran espantosas. (...) En cuanto al capitán Urdemalas, Alatriste acababa de dejarlo en la cámara de popa, o lo que de ella quedaba, boca abajo en el suelo mientras el barbero y el piloto le sacaban, con los dedos, cuajarones de sangre de la zanja que un alfanje turco le había abierto de riñón a riñón.
-Está... vuesamerced... al mando -había mascullado Urdemalas entre dos gruñidos de dolor, renegando de quien lo hizo.
Al mando. Aquellas palabras eran una ironía macabra, se dijo Alatriste contemplando la astilla ensangrentada en que se había convertido la Mulata. Todos los pañoles, incluido el de la pólvora, estaban llenos de heridos que se amontonaban cuerpo sobre cuerpo, pidiendo por caridad un sorbo de agua o algo para taponar sus heridas. Pero no había ni lo uno, ni lo otro. (...) Para alejar todo aquello de su cabeza unos instantes, Alatriste se dejó caer sentado, la espalda contra el tabladillo, y abierto el coleto, con gesto maquinal, sacó del bolsillo del jubón el libro de los 'Sueños' de don Francisco de Quevedo. Solía hojearlo en los momentos de calma; pero ahora, aunque se obligó a ello, no pudo leer ni una línea, pues todas parecían bailar ante sus ojos, mientras los tímpanos le vibraban todavía con los sonidos del reciente combate.
-Llaman a consejo en la capitana, señor mayoral.
Alatriste miró al paje que le transmitía la orden, sin comprender al principio. Luego, con mucha pereza, metió el libro en el bolsillo, apartó la espalda del estanterol, se puso en pie, anduvo por el corredor (y) se agarró a un cabo suelto para pasar a la Caridad Negra. Al hacerlo, dirigió un vistazo a las galeras otomanas: se habían retirado de nuevo a distancia de un tiro de moyana, mientras preparaban el siguiente asalto. Una de ellas, maltrecha del último abordaje, se veía con la borda a ras del agua, medio anegada (...).
-Señor general que nos rindamos opina, o así -dijo Machín de Gorostiola a bocajarro, quebrando el parlamento como solían los vascongados. Muchos sospechaban que lo hacía a propósito, por igualarse a sus hombres, que lo adoraban. Un vascongado recio, de caserío, con poca instrucción pero muchos redaños. Lo opuesto a la fina estampa del general, que, pese a la palidez de su pérdida de sangre, había palidecido aún más al oír aquello.
-No es tan simple la cuestión -protestó Pimentel.
Ahora se volvió Alatriste a mirar al noble. De pronto se sentía fatigado. Muchísimo.
-Cuestión simple o demonio que la lleve -prosiguió Gorostiola, en tono neutro-, señor general considera con mucha decencia batido hemos, y bandera arriada honrosa sería.
-Honrosa -repitió Alatriste.
-O así. (...)
Volvió Alatriste a encogerse de hombros. Calibrar la honra de rendirse después de tanto sacrificio tampoco era asunto suyo. Gorostiola lo observaba con mucho interés. Nunca habían sido amigos, pero se conocían y respetaban, cada uno en su esfera. (...)
-Supongo que aceptarían cualquier cosa. Rendirse o pelear... Ya están fuera de toda razón. (...)
Alatriste puso la jarra en la mesa y observó con detenimiento al general, pues nunca lo había visto tan de cerca. Recordaba un poco al conde de Guadalmedina (...). La misma fina casta de aristócrata español, aunque la situación poco airosa le templara un poco la arrogancia -siempre habría que tratar con los nobles, se dijo, cuando alguien acaba de romperles bien la cara-. Pese a todo, el general conservaba gentil aspecto, incluso con la palidez de las heridas, los vendajes y la sangre que manchaba su ropa. Recordaba a Guadalmedina, en efecto; aunque Alvaro de la Marca nunca habría pensado en rendirse a los turcos. Pese a todo, Pimentel había aguantado bastante bien. Mejor que otros de su clase y carácter. Pero también el coraje se mellaba, sabía Alatriste por experiencia; y más en hombre que se veía herido y con tanta responsabilidad. No iba a ser él, concluyó, quien juzgara a quien llevaba dos días batiéndose espada en mano, como todos. Cada cual tenía sus límites.
-¿Lleva vuestra merced un libro encima? (...) ¿Quevedo?... -inquirió al cabo, devolviéndoselo-. ¿De qué sirve un libro así en una galera?
-Para soportar días como éste.
Volvió a meterse el libro entre la ropa. Gorostiola y los otros lo miraban, desconcertados. Para ellos, un libro religioso habría tenido algún sentido, pero no ése. Por supuesto, ninguno de ellos había oído hablar nunca del tal Quevedo ni de la madre que lo parió.
-Estoy seguro -dijo el general, cogiendo la jarra- de que podré conseguir condiciones satisfactorias.
Las dos últimas palabras motivaron otra ojeada significativa entre Alatriste y Machín de Gorostiola. No había sorpresa ni desprecio por el comentario de Pimentel; aquélla era mirada ecuánime, de veteranos. Todos sabían a qué condiciones se estaba refiriendo el general: un rescate razonable para él, que se vería bien tratado en Constantinopla hasta que llegase el dinero de España. Y quizá también rescataran a algún oficial. El resto, soldados, marineros, quedaría al remo y cautivo para toda la vida, mientras Pimentel volvía a Nápoles o a la Corte, admirado de damas y felicitado por caballeros, a contar los pormenores de su homérico combate. Más cuenta habría tenido, pensó Alatriste, rendirse el día anterior, antes de empezar la sarracina. Los muertos seguirían allí, y los heridos y mutilados no estarían hacinados en las galeras, aullando de dolor.
Machín de Gorostiola interrumpió sus reflexiones:
-Vuestra merced, señor Alatriste, conviene saber qué opinas queremos. Oficial único de Mulata, o así.
-No soy oficial.
-Como sea lo que pues. No joder y no jodamos. (...)
En realidad, pensó, lo había sabido siempre, desde que entró en la cámara y vio aquellas caras. Todos menos el general lo sabían también.
-No -dijo. (...) La gente de la Mulata no acepta rendirse. (...)
Una sonrisa disimulada asomó al rostro barbudo de Machín de Gorostiola, mientras el general hacía un mohín de disgusto.
-¿Y eso? -preguntó con sequedad. (...)
-Otros días fueron de matar... Quizá hoy sea día de morir.
Por el rabillo del ojo vio que el cómitre y el caporal asentían, aprobadores. Machín de Gorostiola se había vuelto hacia don Agustín Pimentel. El vizcaíno parecía satisfecho; aliviado de un peso incómodo.
-Vuecelencia puede todos ver, de acuerdo estamos. Vizcaíno por mar, hidalgo por el diablo. (...)
Ningún general, por bien mirado que estuviese en la Corte, podía rendirse sin acuerdo de sus oficiales. Eso costaba la reputación. Y a veces, la cabeza.
-Tenemos muerta a la mitad de la gente -dijo.
-Entonces -respondió Alatriste- venguémosla con la otra mitad.
El asalto que nos dieron por la tarde fue el finibusterre. Una de las galeras turcas se había anegado por completo, pero vinieron las otras seis juntas (...) dando abordaje todas a un tiempo; lo que suponía meternos dentro, de golpe, seis o setecientos hombres -más de un tercio, jenízaros-, contra poco más del centenar de españoles que aún podíamos valernos. (...) A unas galeras pudimos rechazarlas a estocadas y mosquetazos, pero otras nos arrojaron rezones y se trabaron. (...) Pero, no sé cómo, pudimos aguantar firmes y luego apretarles el negocio (...). El tal Ronquillo le clavó un chuzo en un ojo al jenízaro gigantesco; y éste, dando gran alarido, echóse manos a la cara y cayó a la tablazón, donde los consortes del galeote, ya en corto y sacando de no sé dónde cuchillos jiferos de cachas amarillas, lo hicieron rodajas en menos que un Jesús, cebados en él como jauría en jabalí. Eso detuvo a los turcos, muy asombrados de que a su paladín se las dieran de aquella manera. Y aún estaban en eso, dudando, alfanjes en alto, cuando el capitán Alatriste decidió aprovechar la coyuntura, voceó a degüello reuniendo con empujones a cuantos estábamos por allí, y por el
bastión del esquife nos echamos adelante una veintena de hombres, seguros de que o tajábamos recio, o nos acababan. Y como daba lo mismo matar, morir o que se cayera la torre de Valladolid, dimos la carga hombro a hombro el capitán Alatriste, Sebastián Copons, el moro Gurriato y yo, con la chusma de Ronquillo y otros que al vernos juntos y en orden se unieron. Y pues no hay nada que más consuele en el desastre que un grupo que conserva la disciplina, no se desbarata y acomete, al vernos así, cuantos andaban desperdigados o peleaban solos se nos acogieron como quien corre a meterse en el último cuadro de infantería. (...) Llegamos al espolón mismo de la galera turquesca, abrasando a cuchilladas a los enemigos. Y como muchos se arrojaban al mar, algunos nos aventuramos por el espolón y las serviolas hasta la galera misma, que pisamos dándole abordaje con el denuedo que es de imaginar, pues al grito de «¡Santiago, aborda, aborda!» -yo gritaba «¡Angélica, Angélica!»-, los cuatro gatos que éramos tomamos la arrumbada turca como quien entra por viña vendimiada; y cuando nos vieron aparecer negros de pólvora y rojos de sangre, tan desesperados y feroces como Satanás, los turcos empezaron a tirarse en mayor número al agua y a correr hacia popa para abroquelarse en la carroza. Con lo que les ganamos el trinquete sin esfuerzo, y aun el árbol maestro si nos atreviéramos.
El capitán Alatriste se había quedado en la banda de nuestra galera, alentando a la gente para revolverla contra las otras naves que nos cercaban, pero yo entré a caiga quien cayere en la turca que abordábamos, con los más osados de los nuestros; y habiéndomelas con un tropel de turcos tuve la negra suerte de que uno, en tremendo mandoble, me quebrase la espada. (...) Otro me golpeó con su cimitarra -por fortuna se le volvió la hoja, dándome de plano- pero el segundo tajo ya no me lo pudo tirar, porque el moro Gurriato le abrió de un hachazo la cabeza en dos, desde el turbante hasta la misma gola. (...)
Era mucha presa, toda una galera para nosotros; y menos matan las adversidades que la demasiada osadía que ponemos en ellas. Así que agarramos por la ropa a dos heridos nuestros, y arrastrándolos retrocedimos, cautos, mientras nos tiraban desde la carroza saetas y mosquetazos. Sucedió entonces que, aprovechando las alcancías de fuego, pólvora y mechas encendidas que había en la corulla de la galera turca, alguno tuvo idea de pegarle fuego -lo que fue imprudencia, pues estaba trabada con la nuestra, y podía haber sido gran daño para todos-. En ese punto fueron de mucha lástima las voces que daban los galeotes cristianos encadenados a los bancos, muchos de ellos españoles, que con nuestra irrupción habían creído segura su libertad; y ahora, al vernos incendiar, gritaban con muchos ruegos y desesperación que no los dejáramos allí, que los desherrásemos y no diéramos lumbre porque se quemarían todos. Pero no podíamos entretenernos ni hacer nada por aquellos infelices, y con harto sentimiento hicimos oídos sordos a sus súplicas. De modo que, cuando las llamas empezaron a crecer, volvimos a la Mulata, cortamos a espadazos y golpes de hacha los cabos de abordaje que nos unían a la nave turquesca y la apartamos como pudimos, aprovechando la brisa favorable, empujándola con picas y trozos de remo (...) mientras hasta nosotros llegaban, dándonos mucha congoja, los gritos de los galeotes que allí se asaban vivos.
Al general Pimentel lo habían herido otra vez, a saetazos, y nos lo trajeron hecho un San Sebastián a la Mulata, para protegerlo mejor. Después fue el capitán Machín de Gorostiola quien cayó herido de un mosquetazo que le llevó una mano, donde le colgaba el destrozo; y aunque se lo quiso arrancar para seguir bregando, le fallaron las fuerzas y dobló las rodillas, de manera que en el suelo fue rematado por los
turcos antes de que los suyos pudieran valerle. Eso, que a otros habría desalentado, en la gente vizcaína obró el efecto contrario, pues a todos se les desgarró el rancho y alborotaban mucho queriendo vengarlo, como suelen; y a los gritos de «¡Mendekua! ¡Cierra España! ¡Ekin!¿Ekin!», animándose en lengua vascuence y blasfemando en buena parla castellana, hasta el último de los que se tenían en pie acometió con una saña que no está en los mapas. Y de ese modo no sólo barrieron su cubierta sino que llegaron a pisar la enemiga; y fuera por los destrozos o porque ya había sufrido varios cañonazos en aguas vivas, la turca empezó a dar de banda, aferrada a la Caridad Negra, que seguía anegándose. De manera que los vizcaínos volvieron a ésta, y viendo que al final también se iría a pique sin remedio, empezaron a pasarse a la nuestra saltando la borda, trayéndose a cuantos heridos podían, sin olvidar la bandera. A poco tuvimos que cortar palamaras y calabrotes, dejando que la nave se hundiera; como hizo, en efecto, junto a la turca, que acabó por dar la vuelta quilla al sol antes de ir al fondo. (...) Al cabo, las cinco galeras turcas supervivientes se retiraron a tiro de moyana, como solían, todas maltrechas (...).
No hubo más ataques ese día. Al ponerse el sol, inmóvil y sola en el mar, rodeada de galeras enemigas y de cadáveres que flotaban en el agua quieta, con ciento treinta heridos hacinados bajo cubierta y sesenta y dos hombres sanos escudriñando la oscuridad, la Mulata encendió de nuevo su fanal de desafío. Pero no hubo canciones aquella noche.
Registrado: Oct 20, 2005 Mensajes: 4305 Ubicación: Ahí al lao
Publicado: Dom Sep 21, 2008 10:02 pmAsunto:
Este capítulo me pareció un espectacular final de historia, de película épica. Está narrado de forma tan gráfica que se puede uno imaginar todo el combate con todo detalle, como si fueran secuencias de cine. Me lo leí de un tirón. _________________ "El grog es una mezcla secreta que lleva uno o más de lo siguiente: Queroseno, glicol propílico, acetona, ron, endulzantes artificiales, ácido sulfúrico, tinte rojo nº 2, scumm, ácido para baterías, grasa para ejes y/o pepperoni."
Registrado: Feb 18, 2007 Mensajes: 1855 Ubicación: En la Hansa
Publicado: Mar Sep 23, 2008 2:55 pmAsunto: Re: CL 11: La última galera
Rogorn escribió:
a lo que los otomanos respondían, en su lengua, con imaginativas variantes -el Mediterráneo siempre dio mucho de sí- sobre la discutible virginidad de María Santísima o la dudosa virilidad de Cristo, incluyendo acerbas consideraciones sobre la honestidad de las madres que nos habían parido. .
Esto siempre me asombrará de APR. En medio del fragor y el horror de la batalla, mientras te pone los pelos de punta con un realismo apabullante (no sé las veces que he leído éste y otros pasajes tan concienzudamente descriptivos), no deja de sorprenderte con golpes de humor (negro, si pero humor) como éste, con un lenguaje vivo, irónico y satírico, para volver de inmediato a la realidad del momento. Es como si quisiera darte un momento de respiro en escenas que te dejan completamente sin resuello.
Esto lo ha utilizado desde un principio en sus libros y tengo que decir que ha ido mejorando con el tiempo. _________________ "Son Españoles los que no pueden ser otra cosa". (Cánovas)
Registrado: Feb 01, 2007 Mensajes: 9445 Ubicación: Campeón del Mundo
Publicado: Dom Oct 19, 2008 6:46 pmAsunto:
Lo grande de este capítulo es que, a pesar de que todos sabemos lo esencial (que Alatriste e Íñigo salen vivos y sin mayor problema del lance), se las arregla para construir un momento de extrema tensión que no puede dejarse de leer a medias.
Aparte del recurso más natural, que es contar la violencia de los propios choques, el capítulo presenta varios otros dignos de reseñar.
Insultos:
Cita:
Otros eran menos convencionales e insultaban a los turcos, como éstos a nosotros, en cuanta lengua castellana, vascongada, griega, turquesca o franca acudía a la boca, tratándolos de perros e hideputas a más no poder, y de bardajes, que es bujarrón en su parla, sin olvidar el cerdo que preñó a tal o cual madre agarena y otras lindezas sobre la secta perversa de Mahoma; a lo que los otomanos respondían, en su lengua, con imaginativas variantes -el Mediterráneo siempre dio mucho de sí- sobre la discutible virginidad de María Santísima o la dudosa virilidad de Cristo, incluyendo acerbas consideraciones sobre la honestidad de las madres que nos habían parido. Todo muy al uso, en fin, de lo que en tales parajes y situaciones se acostumbraba.
Burlas (y más insultos)
Cita:
Lo cierto es que nuestra gallarda defensa envalentonaba a los más alentados, y hasta hubo quienes idearon una donosa burla para los turcos; (...) tomaron dos gallinas vivas de las que había en las jaulas de la gambuza, (...) y atándolas con mucho ingenio sobre una almadía de tablas con una pequeña vela encima, se las dejó ir hacia las galeras enemigas entre mucha carcajada y gritos de desafío; siendo eso celebrado por toda nuestra gente, y más cuando los turcos, aunque acibarados de la befa, las recogieron y subieron a sus naves. Esto nos levantó el ánimo, que buena falta hacía, hasta el punto de que algunos empezaron a cantar (...). Con lo que a poco terminamos todos agolpados en las bordas, gritando a los perros, a voz en cuello y entre gran algarabía, que se arrimaran un poquito más, que aún nos placía darnos un verde con un par de abordajes suyos antes de irnos a dormir; y que si no eran suficientes para osarlo, fuesen a Constantinopla a buscar a sus hermanos y padres si los conocían, acompañados por las putañas de sus madres y hermanas; para las que reservábamos, cómo no, intenciones especiales. Y era de ver que hasta nuestros heridos se incorporaban sobre los codos y aullaban, envueltos en vendajes ensangrentados, echando con tales gritos toda la rabia y la angustia que llevábamos dentro, confortándonos en la bravata hasta el punto de que ni don Agustín Pimentel ni los capitanes quisieron estorbarnos el desahogo. Muy al contrario, lo animaban y participaban de él, conscientes de que, condenados a muerte como estábamos, cualquier cosa nos alentaría a tasar en más alto precio las cabezas. Pues si los turcos querían colgarlas también en sus entenas, primero tendrían que venir a cortárnoslas.
Razón y esencia del comportamiento de los españoles:
Cita:
Desesperados estábamos, cierto. Mas éramos novillos amadrigados, y aquella falta de esperanza resultaba natural a nuestras vidas. Como españoles, nuestra familiaridad con la muerte nos permitía aguardarla de pie y nos obligaba a ello; pues a diferencia de otras naciones, nos juzgábamos entre nosotros según la manera de comportarnos ante el peligro. Esa era la razón de que crueldad, honor y reputación se confundieran tanto en nuestro carácter. Que, como había apuntado Jorge Manrique, siglos de lucha contra el Islam nos habían hecho hombres libres, orgullosos y convencidos de nuestros fueros y privilegios. (...) Eso explica que, hechos al áspero azar, siempre con el Cristo en la boca y el ánima en el filo de un acero, en aquella triste jornada aceptásemos nuestra suerte, si era la del día postrero, como habíamos encarado la de tantos días semejantes, ensayos de ése: con la resignación del campesino ante el pedrisco que destruye su cosecha, la del pescador ante sus redes vacías, o la de una madre cierta de que su hijo morirá en el parto o será arrebatado por las fiebres sin dejar la cuna. Pues sólo los regalados, los cómodos, los menguados que viven de espaldas a la realidad de la existencia, se rebelan contra el precio riguroso que tarde o temprano todos pagan.
Un episodio que demuestra lo extremo de la situación desesperada:
Cita:
mientras dábamos cuenta del magro desayuno, llegó la orden de desherrar a la chusma que estuviese dispuesta a pelear. Eso hizo que nos mirásemos unos a otros con cara de entender la mácula: muy apretados íbamos para recurrir a tal extremo. La medida excluía a los forzados turcos, moros y de naciones enemigas como ingleses y holandeses; pero daba a los otros la oportunidad, si peleaban bien y salían vivos, de ver redimidas sus penas o parte de ellas, a recomendación de nuestro general. Esa no era mala ventura para los forzados españoles y de otras naciones católicas: su suerte, de permanecer al remo, era irse al fondo si la galera se hundía, pues pocos se ocupaban de desherrarlos en el desconcierto de un naufragio, o seguir esclavos remando para los turcos, situación que sólo podían evitar si renegaban para adquirir la libertad -en España, sin embargo, un esclavo bautizado seguía siendo esclavo-: extremo este al que algunos se inclinaban, sobre todo los jóvenes, por razones fáciles de comprender; pero que era menos frecuente de lo que se cree, pues hasta entre galeotes la religión era cosa arraigada y grave, y la mayor parte de los españoles apresados por berberiscos y turcos se mantenía en la verdadera fe, pese al cautiverio y su miseria (...).
Negarse a rendirse, por razones varias que se resumen en una:
Cita:
En realidad, pensó, lo había sabido siempre, desde que entró en la cámara y vio aquellas caras. Todos menos el general lo sabían también.
-No -dijo. (...) La gente de la Mulata no acepta rendirse. (...)
Una sonrisa disimulada asomó al rostro barbudo de Machín de Gorostiola, mientras el general hacía un mohín de disgusto.
-¿Y eso? -preguntó con sequedad. (...)
-Otros días fueron de matar... Quizá hoy sea día de morir.
Por el rabillo del ojo vio que el cómitre y el caporal asentían, aprobadores. Machín de Gorostiola se había vuelto hacia don Agustín Pimentel. El vizcaíno parecía satisfecho; aliviado de un peso incómodo.
-Vuecelencia puede todos ver, de acuerdo estamos. Vizcaíno por mar, hidalgo por el diablo. (...)
Ningún general, por bien mirado que estuviese en la Corte, podía rendirse sin acuerdo de sus oficiales. Eso costaba la reputación. Y a veces, la cabeza.
-Tenemos muerta a la mitad de la gente -dijo.
-Entonces -respondió Alatriste- venguémosla con la otra mitad.
Y por último, el ataque 'que ya fue el finibusterre'. Claro que sabemos que nuestros héroes salen sanos y salvos (y por si acaso, Íñigo hasta va y lo recuerda)
Cita:
La Religión riñó con tanta ferocidad que, según supimos más tarde, ni a uno solo cogieron vivo.
pero lo que diferencia a este libro y a 'El sol de Breda' de cualquier hazaña bélica contada en otras partes es este nivel de explicación. Explicación que no es disección fría ni razonamiento cartesiano, sino relato vivo pasado por el tamiz del sentimiento, de la elocuencia, del sentimiento trágico de la vida, del fatalismo viejo y hasta del humor negro. A pesar de que Alatriste e Íñigo son héroes de papel, están vivos, y merecen seguirlo estando.
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