Riqy Bravo

Registrado: Oct 04, 2008 Mensajes: 548 Ubicación: En los Mentideros
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Publicado: Vie Sep 25, 2009 9:17 am Asunto: 'La Dama y el Jaque' |
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¡Que alegría! Foro habemus!
Para celebrarlo, os adjunto un relato (inacabado) de un viejo amigo, el protagonista de "El Oro y el Acero". Esta vez no os lo voy a publicar por entregas, que tampoco es tan largo.
Que lo disfrutéis...
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La Dama y el Jaque
A modo de introducción
En un mesón no muy lejos del Potro, el que tiene un caballito pintado a modo de rótulo, se ha reunido lo mejor de la jacaranda cordobesa. Están allí el Abad, así llamado por santiguarse muy devotamente cada vez que deja a alguno a las buenas noches, tras un par de mojadas, y maese Raúlo el pintor, que antaño lo fue, aunque tiempo ha que cambiara el pincel por la toledana y el taller del artista por la sala de armas. Entre tanto jaque no faltan damas, algunas de medio manto, otras tapadas, como la Verdulera, famosa por sus manos, tan hábiles a la hora de acerrar bolsas ajenas como de echar mano al jifero o al filoso, que se dice que andan bien trufadas sus ropas de dagas y cuchillos, tantas que más de pícara parece una ferrería vizcaína.
Anda en tan buena compañía uno que no se sabe si es valentón o cuevachuelista, vestido siempre de negro, para mejor disimular así las manchas de tinta que siempre honran sus manos. No es de la ciudad, pero si germano de la liga, y con él brindan tan singular compañía, unos con vino, otros, los que han servido al rey (y no apaleando sardinas, sino en los campos de Flandes) con cerveza, bebida a la que allí en el norte se habían acostumbrado. El motivo de la celebración no es otro que el que un amigo común, un rufo por todos conocido llamado el Jaquetón, se casa al día siguiente.
-Y –dice el hombre de negro, que al ser forastero es el más ignorante en la materia- ¿Cómo ha sucedido para que se me lleven al Jaquetón a la Antana, y no para acogerse ha sagrado ni para vaciar cepillos, sino para ir de casorio?
Todos miran al Abad, que por ser buen amigo del Jaquetón, es el que más sabe del hecho, junto con la Verdulera, y ambos, tras intercambiar una sonrisa cómplice, empiezan a gargolear:
1. El Burlador
No le gusta a Cosme andar por las calles de noche, que la vieja Córdoba es demasiado amiga, para su gusto, de recovecos y estrecheces, y pese a que el encalado blanco refleja un poco la luz de la luna llena, cualquier buen vecino puede vaciar su bacinilla sobre una cabeza descuidada, gritando el preceptivo “agua va” cuando el “agua” ya le ha bien rociado a uno. Con todo, los criados no pueden hacer otra cosa que obedecer, y cuando el enamoradizo de su amo supo que algo sabía de tocar la guitarra (malhaya fuera la hora en que se le ocurrió comentarlo) se lo asignó como acompañante de sus salidas nocturnas, cuando iba a rondar a ésa o aquella dama (siempre casadas o prometidas, por supuesto) que como buen burlador que se tenía trataba de conquistar. Escaso ha sido el éxito obtenido hasta entonces, pero el amo no desespera, y a Cosme se ha pasado ya por la cabeza, más de una vez, que al final, tanto va el cántaro a la fuente que se quiebra, y el día menos pensado le darán al señorito burlador algo más que un susto…
Y el día (o más bien, la noche) al parecer ha llegado, que Cosme pronto nota que la candileja que suele alumbrar la imagen de San Rafael que se encuentra junto a la casa de la dama de turno de su señor bien apagada que está. Podría ser cosa del viento, si no fuera que no sopla ni la más mínima brisa. Y la oscuridad es demasiado oportuna para gusto del criado…
Por ello no le sorprende cuando una mole se mueve un poco en las sombras. Y juzga para sí lo buen amo que el suyo le ha sido, por un lado, y lo que valora el pellejo propio, por el otro, y cierto es que no tarda mucho la balanza en decantarse hacia el lado bueno, que retrasa el paso, da media vuelta y echa a calcorrear como alma que lleva el Diablo, que enseñarle las ancas al peligro no es tan mala cosa cuando lo que se juega es la salud propia por un asunto ajeno.
Se queda así solo el lindico, y tarda poco más que su sacoime en darse cuenta que el dado bueno se le ha troncado el fusta, pues un valentón con pinta de rajabroqueles le cerró el paso. Gasta el bravonel buena hechura, que no es poco alto y casi tan ancho como largo. A la luz de la luna distingue el burlador una barba rubia rodeando un rostro rubicundo, y se le antoja fugazmente por la sesera que el tal fulano será tudesco. Luego se fija en el coleto de piel que le protege la barriga, en la mata amigos que lleva colgada de un tahalí, a lo matasiete, en el cuchillo que le cruza la faja, y no se deja engañar por la sonrisa amigable y campechana, ni por la voz, con un acento asombrosamente cordobés, que en estos momentos le dice:
-Mal anda huercé por estos lares, que ni es la primera vez que los frecuenta ni la primera que se le avisa. Y como poco caso ha hecho, ha decidido el dueño de la casa (y de la dama que está tras esa reja) repetirle lo dicho, quizá un poco más fuerte, a ver si así nos damos por enterados…
No hace el valentón asomo alguno de echar mano a la toledana, pero el frustrado burlador no espera más, que de pronto se da cuenta de con qué clase de fulano se jugaba las costas. Sus dedos llegan a rozar la empuñadura, no más, pues el jaque lo acibarra por la pechera con una mano grande como un capón, mientras con la otra le sujeta la propia para que la filosa siga doncella en su vaina. Luego lo voltea y lo estampa contra la pared cual si fuera un morlaco. Pierde con el topetazo el burlador el resuello, y antes de que pueda meter algo más de aire en sus entrañas el jaque estrella contra él toda su mole, aplastándolo contra el muro con tal fuerza que nota crujir las costillas. Ni se entera cuando le arranca la espada del cinto, ansioso como está de recuperar el resuello, y se deja arrastrar como un pelele hasta el centro de la calleja. Sólo cuando ve la daga dentada sobre su cara entiende qué le va a suceder…
-Vamos a ver… Me han dicho que os haga un chirlo de no menos de quince puntos… ¡Pardiez que no va a ser fácil! ¡Que bien poca es la jeta que gastáis! ¡Os voy a tener que hacer varios, para que me salgan las cuentas!
El burlador abre mucho los ojos, patalea, trata de gritar, de zafarse… Pero tiene al corpulento jaque sentado sobre su estómago, con una manaza apretada en su boca para que no se haga avisón a la gurullada, los ojos entrecerrados, calculando dónde hacer el primer corte…
…
2. El aprendiz de hurgonero
A la taberna la llaman los que saben la del jaquetillo, pese a tener pintado un caballito pequeño que parece bien pisar en el rótulo de madera, sobre la puerta. Juego de palabras curioso, de diminutivo de jaco (caballo bastardo y plebeyo) y de jaque, mucho más peligroso que el anterior por muy pisador que sea. Al dueño lo llaman simplemente patrón, y es otro juego de palabras para chanza de la parroquia, que no en vano estamos en Córdoba y son los de la ciudad tan amigos de darle a la deshuesada y tan hábiles a la hora de enredar al prójimo con laberintos tejidos con su propia saliva que en germanía al estafador se le llama cordobés. Y diciendo esto, todo está dicho.
El origen del mote lo saben los que conocen el verdadero nombre del patrón, que no es otro que Rafael, santo patrón de la ciudad. Otros murmuran que bien le cae el mote, que muy santo es, pues gusta de bautizar el vino añadiéndole agua… Pero bien sabe el patrón a quien servir vino “cristiano” y a quien sacarle el turco, es decir, el bueno y sin aguar, que quien tantos años lleva en el oficio forzoso es que haya desarrollado ojo para no enfurecer a aquellos que son de pronto brusco y mojada rápida.
En éstas que cruza el umbral un parroquiano nuevo. Parpadea un poco, acostumbrándose a la penumbra del lugar, que contrasta con el sol de justicia que cae en la calle. Eso permite que los presentes lo estudien en silencio, mientras él anda un poco cegado. Bigotes afilados, tahalí y canuto de soldado, banda cruzándole el pecho a lo capitán… los avisados simplemente lo ignoran. No es más que un simple mostrenco que se da aires de hurgonero y de soldado viejo. Nada de lo cual deba preocupar a un rufo curtido de verdad.
El recién llegado se retuerce el bigote, con una media sonrisa, mirando de soslayo, cuando por fin puede, el efecto que ha causado entre la concurrencia. Nadie lo mira, y eso lo decepciona y enfurece un poco. Él viene de la Villa y Corte, y aunque cierto es que poca fortuna se labró en ella, esperaba que se le hubiera pegado lo suficiente del ambiente de la Carda para impresionar a esos palurdos provincianos. Sin duda necesitará que su toledana muerda algo de carne, que no hay nada como manchar el suelo de colorada para darse a conocer en tales ambientes. Se dirige pisando fuerte hacia el patrón y le pide de su mejor vino. El patrón, que ya se ha dicho que sabe reconocer a las gentes, le sirve un calepino de tragos bien aclarado en el Guadalquivir, que como tal presenta como su mejor clarete, y nunca mejor dicho. Se queda el forastero sorbiendo el mejunje, pensando a quien regalarle un hurgón, y por fin se fija en uno que está solo, en mesa aparte, dando buena cuenta con mejor apetito de una capirotada, que ayuda a bajar con sendos tragos de un pinchel de no menos de un azumbre que junto a él está. Demasiado tarde para desayunar, almuerzo demasiado abundante y comida demasiado pronta. Si a eso se le une la corpulencia del tragaldabas, las matemáticas del aprendiz de rufo le llevan a la conclusión que sin duda será presa fácil…
-Huercé haría mejor en no pensar en ello… -dice un muchacho que está a su lado, bebiendo a pequeños sorbos de un vino blanco, de tono levemente verdoso.
El aprendiz de hurgonero se gira para mirar a quien tan insolentemente le ha hablado. Es un zagal de esos que aún se sorben los mocos, o eso es lo que ven sus ojos. Tiembla ya su mano para darle un revés cuando el muchacho se gira y añade, muy serio:
-Pero si de verdad queréis buscarle las cosquillas a ese jaque que ahí está esguazando su bocudo, hágase un favor a su mercé y no haga referencia a su físico, que no hay cosa que le ofenda más que las arrobas extra que gasta…
El forastero muda su expresión, de un inicio de cólera a una sonrisa de astucia, casi agradecido a ése gurrumino que le ha puesto en bandeja la ocasión de iniciar la reyerta. Así que se planta ante el comilón, y en voz tan alta como para que todos le oigan vocifera:
-¡Pardiez que en mis viajes he visto mucho, pero nunca había visto un tonel comiendo a dos carrillos como el que veo aquí!
Y queda bien contento, pues se hace el silencio y es foco por fin de todos los presentes. Hasta el corpulento jaque le dirige una terrible mirada con sus fríos ojos azules, por debajo de sus enmarañadas cejas. Eso sí, de bigotes para abajo sigue masticando.
-¡Y digo yo que después de bien cebarse, saldrá rodando, como buen barril que es…! ¡O a lo mejor lo que es un capón, que está esperando que lo trinchen!
Oye bisbiseos, y eso le complace… Le complacería menos saber que lo que están haciendo los parroquianos es cruzar apuestas sobre cuánto dura en pie…
El comilón suspira resignado, se limpia la grasa con el revés de la manga, y empieza muy parsimoniosamente a calzarse el guante de la mano izquierda. Con demasiada lentitud para el gusto del hurgonero, que desenvaina la toledana y la coloca ante la cara de su oponente.
-Terminemos con esto… ¡Ahora! ¿Dónde queréis el Dios os guarde, a la diestra o a la siniestra?
Su oponente lo mira, apenas un segundo, y luego, con la mano enguantada, coge la hoja de la ropera que lo amenaza. Demasiado tarde se da cuenta el busca pleitos que lo que se ha calzado el otro no es sino un guantelete de perro, así llamado por tener la palma forrada con cota de malla, lo que permite coger los hierros sin herirse. Antes de que pueda reaccionar el hombretón se ha levantado, volcando mesa y comida, y le ha estampado el puño de la diestra contra el rostro. El infeliz hurgonero se queda de pie, con la mirada como pasmada, mientras con un gesto rápido el jaque al que le ha buscado las cosquillas le arranca la bolsa del cinto “por las molestias”, murmura con tono de fastidio. El hurgonero no se entera. Abre la boca y caen dientes. La nariz empieza a sangrarle como una fuente. La espada se le cae de la mano. Los ojos se le ponen bizcos, y finalmente da con su cuerpo en tierra.
Los que han apostado que no duraría ni un “Jesús” cobran su buen dinero. El corpulento jaque se dirige a donde están el patrón y el zagal, y le dice al primero:
-Ése paniaguado de ahí me ha interrumpido el desayuno… Prepárame unas morcillas y unos choricillos, bien fritos con manteca, para acabar de llenar el estómago…
Luego se gira al zagal y le gruñe:
-¿Es que no vas a cambiar nunca, Cizaña?
El pícaro se ríe, y contesta con una sonrisa de oreja a oreja:
-Sólo cuando se hiele el Infierno, Jaquetón…
3. Cizaña
Una vez que el Jaquetón ha dado por finalizado su desayuno, salen a la calle, el jaque y el zagal, para aprovechar un poco las horas frescas de la mañana antes que empiece a hacer calor de verdad. Son en verdad rara pareja, que al rufo le viene el mote de Jaquetón de no querer decir nunca su nombre cristiano, primero, y de su voluminosa figura, después. Por lo que respecta a Cizaña, recibe tal nombre por su costumbre en verter en oídos ajenos ésta o aquella mentirijilla, media verdad o a veces verdad inoportuna, que suelen acabar sus confesiones y consejos en duelos y reyertas. Por lo demás, si bien es cierto que tiene una lengua de miel bien envenenada, no menos cierto es que sabe escuchar, y tanto en los mentideros como en las corralas de vecinos, en las cocinas de los criados o en las bayucas de la carda, suele conseguir buenas y preciosas verdades a cambio de sus calumnias y mentiras. Físicamente tampoco podrían diferenciarse más, que la única arma que Cizaña lleva (al menos a la vista) es una vaciadora vizcaína cruzándole los riñones, y viste ropas sencillas, nada marciales, gastadas pero limpias. El que no lo conozca lo tomaría por un paje o criado de casa de cierta calidad, pues se nota que los paños que lo cubren, aunque han conocido tiempos mejores, no fueron en su día baratos. Es pequeño y menudo, imberbe y eternamente sonriente, con los ojos claros de color miel, y gusta de llevar, incluso bajo techado, un bonete de tuno, adornado con una simple pluma roja. Algunos que le tienen cierto rencor lo consideran sodomita, o al menos ahembrado, pues nunca se le ha visto entrar en mancebía ni tener trato con cantoneras. Uno en concreto llegó a decir que tanta amistad entre el Jaquetón y Cizaña no dejaba de ser sospechosa, que al igual olía el negocio a bardaje y bujarronería. Ni que decir tiene que lo que terminó oliendo es a sangre, que el que es indiscreto y abre mucho la boca no tardan en aparecerle agujeros en el cuerpo, orificios que, por supuesto, su Creador nunca pensó en ponerle.
-¿Es cierto lo que dicen, Jaquetón? ¿Qué le dejaste ayer noche a un fulano la cara más marcada que el mapa de los caminos reales?
-Ya sabes cómo exagera la gente, Cizaña –dice el rufo casi disculpándose- A mí me pagaron por un chirlo de quince puntos, y como no se lo pude hacer seguido, pues se lo hice a trozos…
-¡Jaquetón! –exclamó Cizaña simulando una regañina rijosa- ¡Que fueron seis los cortes que se llevó el pobre lindico, tres en cada carrillo!
-Es que no me salían las cuentas… Fíjate bien: un corte daba para unos tres puntos, así que dos a cada lado eran doce, y el tercero, o se lo hacía rebanándole la nariz o perdía la simetría dejándole un lado con tres y otro con dos…
-Alabo tu celo, y sin duda el que te pagó estará satisfecho, pero el pobre burlador no creo que te ande muy agradecido…
-No creas, que le pregunté…
-¿Cómo?
-¡Pues claro! Le di a elegir entre recortarle las sonaderas o llevarse uno de propina… ¡Y prefirió lo segundo! No dudo mucho, cierto es…
-Jaquetón… -dijo Cizaña aguantándose la risa- a veces no sé si eres muy bruto o muy sabio…
El rufo no contestó. Simplemente le dirigió a su amigo una de esas sonrisas suyas, de buena persona, incapaz de hacerle daño a una mosca…
-¿Tienes trabajo ahora?
-Cizaña… que tú vives de tu lengua. Si lo tuviera no te lo diría, que al igual alguien comprometido con el negocio te tentaba con buenos dineros, le dabas demasiado a la deshuesada y yo me veía en el brete de cortártela. Pero lo cierto es que no. Tengo la bolsa llena y tanto sonante me pesa demasiado. Así que me dedicaré unos días a deshacerme de él. Ya sabes: Una parte se irá en mascar a lo pío, otra se quedará en las mancebías y el resto… supongo que lo malgastaré.
-Lástima… Hay una dama que necesitaría cierta protección, que ha de irse de fiesta y no tiene acompañante.
-¡Pues que se busque a algún lindico boquirrubio de valona bien blanca! Que no soy yo caballero andante que vaya por la vida luchando contra los de fierabrás, y bien que lo sabes… Además, mal papel haría yo ejerciendo de cortesano galante, en una zarabanda de poderosos… No, Cizaña, no me liarás esta vez. Tu dama tendrá que apañárselas solita, o por lo menos con otro que no sea yo.
4. La Tapada
Se inclina la dama con gentil gesto, como corresponden los cánones, pues es el fin de la pavana. Sonríe levemente a su acompañante, bajo una máscara en la que relucen sus ojos claros, y ya va éste a largarle alguna lindeza elegante y quizá empezar a galantearla cuando ella, aprovechando al máximo las rígidas normas de la etiqueta cortesana, desaparece entre la confusión provocada por el fin del baile y el inicio del siguiente, dejando en el pobre gentilhombre una curiosa desazón y la sensación de que esa dama menuda, de pelo rojizo y amplio vestido blanco ha surgido en la fiesta como una aparición, y como tal se ha esfumado.
Lo cual, claro está, no es ni una cosa ni otra, que la dama es de todo menos un fantasma. Al poco la ven todos lo que lo deseen, que está en la amplia balconada tomando el fresco, sin duda muy agobiada por el calor del gran salón y por las estrecheces del apretado corsé de su vestido saboyano. Más perspicaces han de ser los ojos que se fijen en que ahora es un poco más alta que antes, y nadie ha sido capaz de ver cómo, al salir, una sombra envuelta en una capa negra le la echado una muy similar sobre los hombros, con lo que en un momento desapareció en la penumbra… para reaparecer al poco. Una simple dama solitaria, mirando la luna en un balcón. Hay que ser muy osado galán, o amigo de confianza o pariente para acercarse a ella sin vulnerar el protocolo. Y aquí en la mansión del francés, donde el gabacho da la fiesta para honrar a un compatriota de la embajada que ha venido a Córdoba a visitarle, estas cosas se cumplen aún más a rajatabla que en los salones del alcázar real, que son los galos muy mirados en estas cosas.
Todo esto permite que cierta dama menuda y discreta, disimulado su blanco vestido con un amplio manto negro, se cuele sin ser notada en las dependencias privadas del palacio. Hay una puerta que debiera estar bien cerrada, y hace un momento sin duda que lo estaba, pero la dama, que al parecer además de dotes de baile sabe de otros oficios, la ha abierto tras escaso forcejeo con una ganzúa bien aceitada… Una vez dentro de la estancia saca de un bolsillo interior de su manto un pedazo de lata, bien flexible, que curva para rodear así un candil antes de encenderlo con el rescoldo de la chimenea. Tiene así una linterna sorda, de esas que sólo alumbran en una dirección, y son por lo tanto mucho más discretas. Hurgonea entre los documentos oficiales del representante gabacho, que bien entiende ella de ése idioma y no menos cierto es que sabe lo que busca. Y ya se sabe que quien sabe lo que quiere, a menudo lo encuentra.
Unos papeles están desapareciendo bajo su capa cuando oye unos pasos y unas risas. Y tiene el tiempo justo de apagar el candil y esconderse tras las pesadas cortinas cuando una pareja entra, juguetona, en la estancia. La dama pone los ojos en blanco, mientras piensa:
-¡Voto al chapiro verde! ¡Qué esto me tenga que pasar justo a mí!
Bajo la ventana ve a su prima, vestida como ella, haciendo de ella misma, y suda pensando lo que le pasará al primer rondador que ose acercársele… Cosa que está a punto de suceder, pues ve como, como al descuido, un osado con el cuerpo metido a galanterías se le está rondando como quien no quiere la cosa…
-¡Esta, o lo envía a freír espárragos, o le coloca lo que le cuelga de pendientes de un rodillazo, y se nos fastidiará el negocio! –mastica para sí.
Más ruido hace la parejita que tan inoportunamente ha entrado, que los suspiritos de pasión se están convirtiendo en resuellos, y a este paso, pronto pasarán a ser mugidos. La dama no es dada a visiones ni a gongorismos, pero casi le parece ver como la diosa Discreción se está yendo por la ventana con una patada en sus prietas posaderas…
-A buen seguro que a ése tal Velázquez le saldría un buen cuadro con todo ello… ¡Pues se les va a aguar la fiesta, que éstos me están fastidiando, al no dejarme salir, y como alguien pase y les vea en una habitación que debería estar cerrada, me descubrirán a mí con ellos y nos iremos al garete en compañía!
Así que la dama saca un pie de detrás de las cortinas, le da una patada discreta al candelabro encendido que los amantes han traído consigo y deja que caiga sobre los calzones a medio bajar del gentil y tierno amante… chamuscando al punto las posaderas desnudas del galán y prendiendo fuego a los gregüescos de seda. Chilla el enamorado por el dolor, chilla su enamorada por el susto, el fuego se prende como la yesca entre tanto papel y tanto legajo sin duda importante, hay escándalo, humo y confusión… y cierta damita se da mucha prisa en reunirse con su prima y escapar a toda prisa…
-¡Corpo de Mahoma! –le dice ésta mientras se apresuran a desaparecer- ¿Y esto es lo que la florida de mi prima llama salir sin que se alborote el aula?
-Mira Verdulera –le dice la dama- Como bien dices tú misma, quien destaja no baraja… ¿Has tenido problemas mientras hacías de mí aquí abajo?
-¿Con esos lindicos? ¡Qué problema voy a tener, si llevo el corpiño enfajado de filosos!
La dama pone los ojos en blanco, mientras confirma sus peores temores…
Mientras tanto, en la mansión del francés, alguien ha reparado en que la puerta de cierto despacho debiera haber estado cerrada, y no abierta, y que cierta damita que nadie ha visto últimamente nadie parece conocer…
Y muy mal ha de estar en matemáticas, para que no me sume dos y dos…
5. La celada
El mozuelo se mueve sigilosamente, con precaución, con esos andares propios de gato que ya ha adoptado como hábito, sea en territorio amigo o enemigo. El lugar es seguro, nadie sabe nada de la cita ni del negocio que lo trae, y sin embargo, algo le hace recelar un segundo antes de cruzar el umbral, como si olfateara un algo fuera de su sitio. Por lo demás, todo está como debiera: la puerta trasera del figón estaba abierta, las escaleras que daban a la habitación privada vacías, y el que siempre le encarga los mandados le espera en la penumbra, sentado recto en el sillón, con la jarra de vino ante él, en la penumbra apenas velada por una única vela. Resistiéndose a sus instintos el zagal da un par de pasos vacilantes hacia él, se aclara la voz con un carraspeo leve y dice:
-Como dijisteis, se ha hecho, mi amo- dice a modo de saludo- Aquí están, en mi jubón, los papeles que queríais de ese francés. Ahora espero ver vuestro oro a cambio. Un salario honrado a cambio de un trabajo, aunque éste no lo sea tanto…
-Cobrarás, garsón, cobrarás… -dice una voz a su espalda, mientras la puerta se cierra de una patada. -Aunque me temo que no con oro ni con plata, sino con un palmo de buen acero francés… Tú habrás de desidig si lo quieres por delante o pog detrás…
…
La mujer es morena y rijosa, de ojos negros como el azabache y una boca que tanto se puede fruncir en la más adorable de las sonrisas como vomitar tales improperios que dejarían al más curtido morlaco con la deshuesada muerta del susto. Por suerte la tiene ocupada (la boca) dando buena cuenta de unas manos de ternera con garbanzos. El hombre entra en el figón por la puerta de atrás, la cierra con cuidado tras de sí y se sienta a su lado, sin más ceremonias, mirándola de fijo. Ella, en cambio, apenas alza la vista, sin dejar de masticar. Ambos se conocen, y algunas cosas vienen con el oficio.
-Si me diera por mosquetear, Verdulera, me preguntaría cómo habéis conseguido tu prima y tú amostazar tanto al que me da el sonante para que te deje a las buenas noches de un par de mojadas…
La mujer le dirige una larga y lenta mirada, por fin, como si reparara de veras que está ahí. Mastica, traga, y solamente entonces habla, tras echarse al coleto un buen trago de vino:
-No me vayas de conchudo, que un rufo como tú poco más puede hacer que entrar a por uvas, las más de las veces por la corcova que por la facha. Muy gallo has de ser, para aceptar éste negocio, de dar la muda a una hembra…
Esta vez le toca al hombre, sonreír de medio lado, y la sonrisa pronto se le convierte en una risa cascada:
-¡Venga Cañas! ¡No me vengas de gardita ahora! A los que nos movemos en la carda, como tú y como yo, sabemos que estas cosas nos van a pasar un día u otro, y más de noche que…
El valentón no puede continuar la peroata. La jarra que la tal Cañas, más conocida por su mal nombre de Verdulera, estaba al parecer apurando le da en plena cara, y antes que se reponga su “indefensa” presa le vuelca encima la mesa, tirándolo al suelo junto con lo que quedaba del guisote, y cogiendo al revuelo su manto cruza en dos zancadas el figón para salir por la puerta principal. Maldice por lo divino y lo humano el matasiete, que pese a la fama que tiene la Cañas nunca creyó que una mujer se le pudiera atravesar. Se alza de un salto, aparta a los que se interponen en su camino y sale a la calle, a su vez…
… para encontrarla llena de tapadas, de damas (o quizá no tanto) que rondan la calle, las más acompañadas de sus galanes, o de los que pretenden serlo.
-¡Pues no nos ha jarinado el Diablo! ¡A ver dónde encuentro yo a la Verdulera, entre tanta maraña… ¡Pero puede que se haya bien cubierto con el embozo, como todas, pero a fuer que no habrá encontrado tan pronto galán que le berree! ¡Tente pues, fierabrás, que sólo has de buscar tapada sola, y que se largue con disimulo por el ala, que a fuer que ha de ser ella…!
Así que mira de nuevo con ojos de zorro viejo, y no se engaña, que en efecto hay una tapada que camina envarada hacia un callejón, más sola que si todo el mundo supiera que rozarla siquiera era irse con un centenar de bubas como mínimo…
-¡Ahí está la vaina de mi vaciadora! –dice para sí el rufo tirando por lo derecho.
El callejón está muy oscuro, y el valentón, que viene de una calle relativamente bien iluminada, retiene un poco el paso, buscando el bulto de su presa ante él. Apenas oye un susurro cuando algo sale de un portal, invisible en la negrura de la calleja para quien no lo conozca. Y nota un hierro como al rojo en su espalda, y se da cuenta confusamente que acaban de clavarle un filoso en toda la riñonada, en ése lugar preciso donde el dolor es tan grande que no puedes ni gritar. Aún así abre la boca, buscando desesperadamente aire, y nota algo frío deslizarse en su garganta, que pronto chorrea de sangre ardiente. Y cae de rodillas, muriéndose mientras lo hace, y una voz suave de mujer le dice con un murmullo:
-Más de noche que de día, más por la corcova que por la facha. Disimule huercé, pero vos y yo somos gente avisada…
…
Arriba, en el primer piso del figón, el zagal reaccionó con no menos rapidez. Apenas oyó la voz del francés a su espalda que ya se lanzó hacia delante, zambulléndose por la ventana. Giró en el aire sobre sí mismo, buscando mejor caer, a la manera de los gatos, y le sorprendió no poco que un hombretón lo recogiera antes de tocar el suelo, acibarrándolo con tal fuerza que le cortó el aliento.
-Tenía razón el gabacho, Raúlo, que en esta vera no llueve tiple pero sí fiambres… ¡O por lo menos aspirantes a ello!
Sonríe su compañero, meneando la cabeza… y entonces todo sucede muy deprisa: una tapada gira la esquina gritando:
-¡Prima!
Para no ser menos, el gabacho que buenos dineros ha dado a los dos matasietes para que le hagan trabajo de pala se asoma a la ventana y berrea también:
-¡Matagla! ¡Tuezla!
Pero el zagal y el gigantesco jaque no oyen nada ni nadie. El bonete de tuno del zagal se le ha escapado de la testa durante el salto, revelando una larga cabellera rojiza. Y unos ojos azules se encuentran con otros color miel, y ambos sólo logran balbucir:
-¿Jaquetón?
-¿Cizaña?
6. Los papeles
Se produjo uno de esos instantes de suspenso, como si tanto Dios como el Diablo contuvieran la respiración, sin saber qué va a pasar a continuación. El Pintor duda en sacar los “pinceles” que le hierran los costados, la Verdulera tiene un cuchillo en cada mano pero parece haberse olvidado de ellos. El instante lo rompe un nuevo berrido del gabacho, que desde la ventana rota vuelve a alzar el garlo:
-¿Quiegues matagla que una puta ves, salop di merde?
Y el jaquetón alza sus ojos azules, mira a su patrón como si lo viera por primera vez, y dice, ni muy alto ni demasiado bajo:
-¡Que os den por donde amargan los pepinos!
Y se carga a la chica al hombro, como si fuera un fardo, y echa a correr con ella calle abajo. El gabacho aún trata de seguir gritando, pero Cizaña, o como sea que se llame la susodicha, se ha sacado de las mangas dos pistoletes, y los descarga uno tras otro contra el francés. Sea porque estar a modo de saco sobre un tipo que corre no es buena cosa para la puntería, sea porque el dios de los bubosos está con los suyos, la cuestión es que ninguna de las dos bocas de fuego da blanco. Con todo, consigue como efecto inmediato que el gabacho juzgue más oportuno para su salud ponerse a cubierto…
-¡Jaquetón! –grita el pintor- ¡Que tenemos un encargo! ¡Que no puedes cambiar de baraja cuando las cartas ya están dadas y el sonante sobre la tabla! ¡Hazte un favor a ti mismo y degüéllala!
Su compañero no le hace el menor caso, así que maldiciendo todo lo divino y lo humano Raúlo echa a correr también tras la pareja, poniéndose casi a la par que la Verdulera, que le lanza una mirada furibunda, mientras se sube las faldas para mejor batir los talones.
Por fin, en un callejón solitario, el gigantesco matasiete suelta a su presa, y ahí que se quedan los cuatro, mirándose de fijo, sin saber si darse de cuchilladas o no. Por fin la dama rompe el silencio:
-¿Se puede saber qué hacéis vosotros matando mujeres? ¡Te imaginaba de otro fuste, Jaquetón!
El aludido y Raúlo se miran, como un poco avergonzados…
-A nosotros no nos líes, que el negocio nos lo propuso el Falito, y nada nos dijo de que hubiera faldas por en medio…
-¿Y donde está ése hijo de mil padres ahora?
-Jugando al Hombre con el Diablo, me imagino- dijo su prima. Que entró por la puerta tras de ti, y se sentó a mi lado, y bien que sabía él con quien había de tratar…
-¡Que se pudra en el huerco el bujarrón del Falito, por liante y por majagranzas, que si se creía que podría él sólo contigo bien aviado estaba! –gruñó el pintor. Con todo, tenía una mano en la ropera, y la otra cerca de su vizcaína, y eso no engañaba a nadie, ni pretendía hacerlo. -Pues nos hemos quedado sin saber quien era el pagano, salvo que era de la gabachería… y harto generoso…
-Se llama Robert de Díez, si es que tanto te interesa, y busca ciertos papeles que le afanamos a un primo suyo. Me encargó el trabajo un gentilhombre que dijo trabajar para el Rey, aunque maldito si lo creí, y que ahora está ahí arriba, con las precordias saliéndole por la mojada que tan gentilmente le ha regalado la gabachería…
-¿Y qué tienen escrito esos legajos? –quiso saber el Jaquetón
-¡Y yo qué sé! ¡No se me pagó para que los leyera…
-Cizaña… o como te llames, señora… No me metas sopas con honda, que el hijo de mi madre siempre despavesa las linternas… No me creo que no les echaras siquiera una columbrada rápida, por encima...
La dama tiene la decencia de sonrojarse, o simular hacerlo, mientras sonríe un poco, a modo de disculpa:
-¡Me sirvió una jiga hacerlo, Jaquetón, que están en clave los entintados bardajes!
-¿Y ahora qué? –dijo Raúlo dando un paso atrás, poniéndose instintivamente a la defensiva. -¡Piensa, Jaquetón! ¡Que un encargo es un encargo, y si no las matamos y devolvemos los putos papeles al berraco del francés, nos afufan!
-¡Vaya, gracias por pensar en servidora y su comadre, hi de forros! -gruñe la cañas, aprestando los cuchillos ya sin disimulos.
La Dama y el Jaque se miran un tiempo, ajenos a que sus dos compañeros están a punto de repasarse las costuras. Por fin, el Jaquetón habla:
-Si tu prima y tú os quedáis en Córdoba os despacharán por la posta, más pronto o más tarde. Tanto da que uséis esos legajos para chantajear al gabacho o para limpiaros el cerradero. Sabéis demasiado…
-¡Y lo mismo vosotros dos! –replica la Dama- ¡Al llevarme en volandas en lugar de trincharme has firmado tu sentencia de muerte, y de paso la del pintor! Tanto le dará al mesié que sepas poco o mucho del negocio, recelará, que en el oficio de los espías, que sospechen de uno equivale a que le den tierra…
-¿Tenía jefe el fulano que te encargó éste enhoranegra de negocio? –preguntó por fin Raúlo, sin dejar, eso sí, de vigilar a la Cañas
-Si lo tenía, estará en la Villa y Corte, y no en otro sitio…
-¡Pues allí tendremos que ir! –exclamó el Jaquetón- ¡E irnos todos! Que de donde sacó el sonante el franchote a fuer que habrá más, y pronto tendremos encima a todo un tercio de rufos dispuestos a no dejar ni piante ni bramante!
-¡Despierta Jaquetón! –gruñó Raúlo- Quizá podamos salir de la ciudad, pero nos atraparán en los caminos…
-No tiene por qué ser así- dijo como para sí la Cañas- Que una se sabe de un fulano que al igual nos ayuda…
-¿Quién? –quiso saber al punto su prima
-El Abad…
-¡Oh, no! ¡Ése no! –gimió el Jaquetón…
Y aquí acaba esta entrega, que aunque el autor prometió nuevas partes, y avisó que el jaquetón y su dama tras recorrer la Villa y Corte habían de llegarse a barcelona, parís y Venecia, dejó el relato inconcluso, con no escasa bellaquería por su parte...
_________________ _________________ Ricard
Los viejos roleros... nunca mueren |
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