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Autor Mensaje
Siana
Capitán


Registrado: Jun 15, 2006
Mensajes: 5361
Ubicación: Barcelona

MensajePublicado: Jue Nov 19, 2009 8:24 pm    Asunto: Responder citando

Rogelia Siana de Flor

Risa Risa Risa

Lo que podriais es arrancaros y escribir la pagina en Wikipedia de Arturo en catalán. Que no tiene

Esa web que he dejado arriba (y que nos enlaza Muy Contento ) es ya un intento de eso, me parece. Todo es ponerse para acabar de apañarla. Un día de éstos. Aur, aur, Aragón, San Jorge! Desperta Ferro!!
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Trinidad



Registrado: May 14, 2005
Mensajes: -7
Ubicación: Algeciras (Cádiz)

MensajePublicado: Jue Nov 19, 2009 9:00 pm    Asunto: Responder citando

Cita:
¿De pequeño quería ser militar? (Pep Puig, Manresa)

-No, para nada. Detesto a los militares. Que me mueva entre putas no quiere decir que sea un putero.


Sabias palabras Risa Risa Risa

Gracias a ti también por la traducción, Curioso.
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nexus6
Capitán


Registrado: Oct 01, 2008
Mensajes: 6507

MensajePublicado: Lun Nov 23, 2009 5:57 pm    Asunto: Responder citando

"La muerte anda siempre muy cerca"
Entrevista con Víctor Manuel Amela - La Vanguardia - 04/01/2004

Arturo Pérez-Reverte. Tengo 52 años y nací en Cartagena. Jamás quise ser escritor, pero hoy escribo novelas y estoy en la Academia de la Lengua. Tengo una hija, Carlota: cuando tenía 12 años (ahora tiene 20) empecé a escribir las aventuras de Alatriste, para enseñarle cosas de la historia de España. ¿Ideología? Fui reportero de guerra durante 21 años: ¡no hay ideología que sobreviva a eso! ¿Dios? Es asunto mío. Publico la quinta entrega de la serie del capitán Alatriste, 'El caballero del jubón amarillo' (Alfaguara)

Arturo Pérez-Reverte ha creado en Alatriste a su álter ego: un ex soldado (cómo él ex reportero) que ha visto toda la violencia de la que es capaz el ser humano (como él la ha visto en tantas guerras), lo que le ha convertido en un escéptico... incompleto, pues todavía cree en la amistad (como él). Ex periodista, novelista de éxito... y, ahora, académico de la lengua. ¿Cómo encaja en la Academia un tipo de trinchera como él? “A mí me han llamado por ser como soy, y yo sigo igual –me explica–. Me lo paso bien charlando con los abueletes (más que con los jóvenes), que me explican sus historias de la guerra, y cumplo con mi deberes y disfruto.” De niño, Arturo Pérez-Reverte leía novelas de aventuras, que le apasionaban, y su pasión aventurera le convirtió en reportero de guerra: durante 21 años elaboró reportajes para TVE desde mil frentes. Y condujo también el programa de crónica negra 'Código Uno' que, cuando alcanzó el éxito, él mismo calificó de “telebasura” durante una conferencia. Poco después abandonaba el periodismo, al tiempo que publicaba 'Territorio comanche', libro en el que ajustaba cuentas con su profesión y con ex colegas de TVE, hace ya diez años. Digirió lo vivido y lo volcó en su carrera de novelista, que le ha llevado a ser uno de los escritores españoles más leídos aquí y en todo el mundo. Acaba de publicar otra novela de la serie de aventuras del capitán Alatriste (de la que lleva... ¡tres millones de ejemplares vendidos!) y, aunque es esquivo con la prensa (¡lógico: ha sido periodista!), Arturo Pérez-Reverte accede a esta charla.

-¿Por qué ambientó esas novelas en el siglo XVII español?
-Porque soy español y porque me gusta esa época: la he leído mucho, la conozco bien...

-¿Qué nos queda de entonces?
-¡Hemos mejorado muchísimo! Somos más educados, más limpios, más civilizados... Pero hay cosas de las que no nos hemos librado.

-¿De qué cosas?
-Tú lees en el siglo XVII la existencia de hidalgos, de gente que quiere presumir, comprarse un coche de caballos, no dar golpe, no esforzarse... Pues ahora es un BMW, un vestirse de Armani... ¡pero es lo mismo! Y la arrogancia, la insolidaridad, la vejación al caído, los funcionarios, los malos curas y corruptos políticos... ¡Eso perdura hoy! Somos en parte lo que fuimos... Sobre todo en la mala leche. España es un país de hijos de puta. Por eso ser español y lúcido... ¡es una putada!

-No entiendo. ¿Por qué?
-Porque entonces puedes ver clara toda la crueldad, la mala leche, los odios, los rencores, los cainismos... Y tantos curas fanáticos, políticos corruptos, tantos reyes que nunca nos merecieron... Quizá sí los merecimos... No. La frase que mejor resume la historia de los españoles es ésta: “¡Qué buen vasallo si tuviese un buen señor!”. Da mucha lástima ver la cantidad de gente que en España siempre ha querido hacer cosas y no se le ha dejado.

-Triste concepto de España.
-¡Pero es mi país, pese a todo: es el único que tengo! Para mí, España es una plaza pública, un foro al que se asoman las Españas, que son muchas (la España catalana, la España gallega, la España andaluza...), y a esa plaza se asoman gentes de todo tipo, razas, lenguas, gentes que a lo largo de los siglos se han matado entre ellas, y también se han ayudado. ¡Y de eso venimos todos!

-Cainismos...
-Venimos de esa historia compartida. Por eso digo que el único cemento que une a los españoles es justamente ése: ¡nuestra historia!

-No sé si hoy se estudia mucho eso en nuestros colegios.
-No mucho, no, ¡y eso sí es trágico! Porque somos tan distintos... Son tan distintos un andaluz y un catalán y un vasco que, si no conocen todos ellos eso que les une –¡la historia común!–... ¡nada hay de común entre ellos! Y yo ya he visto en Yugoslavia lo que puede pasar en esos casos...

-No me asuste.
-Somos un país cruel, puñetero, difícil, cainita. ¡Por eso es fundamental que a los niños en el colegio se les enseñe bien la historia de lo que hicimos juntos! Que fue mucho: tuvimos a Europa entera cogida por los cojones.

-¿Qué es lo que recuerda usted de su colegio?
-A los compañeros. La solidaridad entre chicos. Y el descubrimiento de todas las cosas, de un primer soneto, de una lectura, un libro... ¡Aquella curiosidad inocente de cuando todo es nuevo!

-¿Cuándo perdió aquella inocencia? ¿Cuándo se hizo mayor?
-En mi primera guerra, con 21 añitos, en el sur de Líbano: la guerra del Yom Kipur. No sales indemne de eso. Y después de varias guerras, no hay ideología que resista.

-Habrá padecido usted trances de muerte.
-¡Todos hemos visto la muerte de cerca alguna vez!

-Ya, pero usted...
-Mire, todos tenemos a lamuerte encima, pero lo que pasa es que el imbécil que corre con su coche a 200 por hora por una carretera... no lo sabe. Y cuando se mata, ¡se le pone cara de sorpresa al muy imbécil! Yo sí he aprendido eso muy bien: la muerte está siempre muy cerca.

-Glups.
-Al final, he llegado a la conclusión de que la única distinción definitiva, infalible y fundamental entre los hombres es ésta. La humanidad se divide en dos grupos: están los que creen que jamás van morir y los que sabemos que vamos a morir.

-Alatriste sí lo sabe, claro.
-¡Como nadie!

-Él se bate en duelos. ¿Y usted?
-Ha habido peleas, huesos rotos, dientes partidos, cicatrices, destrozo de hoteles, bares... Era joven.

-¿Duelos a primera sangre?
-Y a segunda también.

-¿Qué debería hacer yo ahora para provocarle a un duelo?
-Eso no va a depender de lo que usted haga o diga. Dependerá de mí, de si a mí me sale tenerla con usted o no. Si es que sí, cualquier excusa me servirá. Si no, por muy tonto que se ponga yo daré media vuelta.

-¿Y qué le indigna más a usted?
-La estupidez, la ignorancia: ¡ésos son los enemigos del ser humano! Si a eso se le añaden unas gotitas de poder... tienes una combinación letal. He sido reportero de guerra desde 1973 hasta 1994 y durante esos 21 años he visto eso muchas veces.

-¿Alguna escena especialmente espantosa, imborrable?
-El niño destrozado es siempre el mismo niño destrozado...: los hijos de puta están siempre ahí. ¡La condición humana no cambia!

-Le veo pesimista.
-Si lo fuera de verdad no escribiría novelas ni haría nada, sólo escupiría por la borda cuando mi barco se acercase un poco a tierra.

-¿Tiene usted un barco?
-Yo soy marino. Todo lo demás es accesorio. Toda mi familia es de marinos. De lo que de verdad yo entiendo es de marinería del siglo XVIII. Tengo un velero de quince metros. Soy capitán de yate. Navego desde que era niño. Hoy mi velero es casi mi hogar: alberga 200 libros y navego siguiendo derrotas de antiguos mapas, usando sextante... ¡Eso es lo que realmente a mí me gusta hacer!

-¿Qué encuentra navegando?
-Sobre todo, en el mar no hay pelmazos. Me meto en mi barco y desaparezco dos meses. Es lo que más se parece a la vida. Estás solo. En el mar no puedes relajarte, no puedes confiarte: inesperadamente se levanta un viento de 42 nudos, ¡y ya puedes implorar a los dioses, que no vienen! ¡Y ya puedes blasfemar, es igual!

-Vaya gracia...
-Pugnas por sobrevivir. ¡Ahí sólo tú cuentas, tu firmeza, tu temple! Nadie más, nada más. Ni dioses ni otros hombres. El mar no tiene sentimientos, tú le eres perfectamente indiferente. En esa nada, estás tú solo. Un hombre solo. Y te conoces, te mides contigo mismo. Es la gran prueba.

-Alatriste mata por dinero. ¿Por qué mataría usted?
-Alatriste también mata por mala leche. Eso es muy español. Los españoles tenemos muy mala leche... Yo mataría por la gente a la que quiero. ¡Y pobre del que no sea capaz de hacerlo! He conocido a padres que han visto violar a sus hijas ante sus ojos y no han movido un dedo por conservar la vida.

-Tendrán remordimientos el resto de sus vidas.
-Lo del remordimiento no existe para todos: hay tipos que atropellan a un niño y dos meses después no se sienten responsables de nada. Todos dejamos cadáveres atrás, en la cuneta, pero hay quien ni se entera o jamás mira atrás. Otros, en cambio, miramos atrás, los vemos.

-¿Y cómo reacciona entonces?
-Intento estar en paz con ellos. En parte, mi forma de vivir y mis novelas honran a esos cadáveres, a esos fantasmas...

-Unas novelas que le han dado fama, fortuna...
-Mi padre me enseñó que de dinero y de mujeres no se habla. Y lo cumplo...

-¿Su caso ilustra aquello de “el periodismo está bien... si se deja a tiempo”?
-Lo repetía Hemingway, y yo estoy de acuerdo. Pero me refiero al reportero de guerra, no a otros tipos de periodismo. El entusiasmo juvenil, las ganas, la curiosidad... van decayendo. Pierdes la fe. Lo mejor entonces es dejarlo y utilizar todo lo que has visto y vivido para analizarlo con calma, reflexionar, digerirlo.

-Si le pidiese una definición de sí mismo, ¿cuál me daría?
-Un tipo callado. Para mí, estar con un amigo es estar callado. Una botella entre ambos y no decir nada.

-¿Tiene muchos amigos así?
-Sí. ¡Es de lo que más orgulloso me siento: de la lealtad de mis amigos! Tengo amigos que se partirían el alma por mí. Amigos que están entre los marginados, ex delincuentes, ex presidiarios, con un código de honor sagrado, cuya lealtad me impresiona y me estremece. Eso es muy español, también... Y yo siempre pienso: si este tipo me ha elegido a mí como amigo, es que algo bueno habré hecho yo en esta vida... Estoy convencido de que a un hombre se le conoce más por la calidad de sus amigos que por lo que él aparenta.

-Veo eso en su último Alatriste: Francisco de Quevedo descubre sangre en la blusa de Alatriste, pero calla, no pregunta...
-Esas novelas son historias de espadachines por fuera, pero por dentro son historias del corazón humano.

-Alatriste acude al teatro... ¿Es hoy un plató de televisión lo que en el siglo XVII fue un corral de comedias? 'Salsa rosa', 'Crónicas marcianas'... ¿son nuestras obras de Tirso o de Lope?
-Sí. Desgraciadamente. Porque en el siglo XVII la gente más analfabeta se esforzaba por aparentar cultura, se mataban por poder entrar en una representación teatral de Calderón, Lope, Tirso... Ahora sólo oyen banalidades en boca de putas de esquina y de golfos embusteros erigidos en estrellas mediáticas.

-Bueno, putas de esquina siempre las hubo...
-Y los municipios las tenían en mancebías legalizadas, reguladas, organizadas, pagando sus impuestos y protegidas. Eso era antes. Ahora... ¡son una realidad a la que hipócritamente volvemos la espalda! La prostitución debería estar regulada, legalizada...

-¿Seguirá escribiendo novelas dentro de 20 años?
-No lo sé. Ahora escribo novelas, pero mañana podría dejar de escribirlas y no por ello me sentiría frustrado. Mire, yo ya dejé el periodismo y puedo también dejar esto.

-¿Cómo se siente usted ahora?
-Con mis cuentas saldadas: no debo nada a nadie. Y cuando alguien me debe algo, procuro ajustarle las cuentas. En mis novelas aprovecho para ajustar algunas. No quiero dejar equipaje atrás, nada. Cuando parto con mi barco, ¡no queda atrás nada que pueda obligarme a regresar!

-Pero siempre tenemos asignaturas pendientes...
-Yo ahora sólo tengo una: envejecer con dignidad. Es mi único gran miedo, mi único pánico presente: perder las maneras al envejecer, convertirme en un mierdecilla, en un egoísta que se queja de su próstata y todo eso y anda molestando a las personas que tiene cerca. A nada temo más que a llegar a eso.

Fotos:
http://hemeroteca.lavanguardia.es/preview/2003/12/10/pagina-6/33644356/pdf.html
http://hemeroteca.lavanguardia.es/preview/2004/01/04/pagina-7/33644364/pdf.html
_________________
Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.Es hora de morir
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Guaja
Alférez


Registrado: Sep 15, 2006
Mensajes: 1412
Ubicación: Asturies o trabayes

MensajePublicado: Sab Ene 09, 2010 1:37 am    Asunto: Responder citando

Buenas!. Os dejo un par de enlaces a "El Comercio", un diario local de aqui.

http://www.elcomerciodigital.com/20100106/cultura/todos-somos-complices-canallas-20100106.html

http://www.elcomerciodigital.com/20100106/cultura/asedio-llegara-marzo-20100106.html

(Don Ro, si considera oportuno cambiar esto a "Otros libros", adelante.)
_________________
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Rogorn
Capitán


Registrado: Feb 01, 2007
Mensajes: 11023

MensajePublicado: Sab Ene 09, 2010 9:37 am    Asunto: Responder citando

Gracias, Guaja. Las dos son noticias de EFE que ya habian aparecido en otros periodicos, y en la propia agencia con el mismo texto.
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Rogorn
Capitán


Registrado: Feb 01, 2007
Mensajes: 11023

MensajePublicado: Sab Ene 09, 2010 10:14 am    Asunto: Responder citando

Conversación entre Arturo Pérez-Reverte y Félix Linares
Aula de Cultura del Grupo Correo - Bilbao - 13/06/2002

-Buenas tardes a todos y gracias por venir.
-Sí. Muchísimas gracias a todos ustedes por haberse acercado hasta la Sociedad Filarmónica. Ya veo que hasta nos han puesto un tequila.

-Seguramente será por cumplir con la tradición. En fin, lo que nosotros pretendemos es hacer una cosa intermedia entre la entrevista más o menos convencional y la charla de dos viejos amigos en la barra de un bar, por ejemplo, quizá en Sinaloa, quién sabe. Si me apuran, podría tratarse de las conversaciones en el porche de dos viejos militares coloniales acerca de aquellas cosas que leíamos cuando éramos niños, porque, entre otras cosas, lo que en principio nos une a Arturo y a mí es habernos quemado la vista con una serie de libros de grato recuerdo para los dos y quizá también para ustedes. No obstante, creo que deberíamos empezar por 'La Reina del Sur'.
-Que es lo que nos motiva.

-Que es lo que nos motiva y lo que nos ha traído hoy aquí. Si te parece voy a empezar utilizando una cita de Borges que tú ya utilizaste como epígrafe; aquello de «¿qué Dios detrás de Dios la trama empieza?». ¿Dónde comienza 'La Reina del Sur'?
-Pues comenzó cuando leí con nueve años 'Los tres mosqueteros', por ejemplo. Quiero decir que el escritor fundamentalmente es un lector que accidentalmente acaba escribiendo. Entonces, toda novela empieza cuando empiezas a leer y a vivir, porque en esa vivencia arrastras contigo unos recuerdos, unas lecturas, un mundo. Ya que viene al caso, la idea de mujer, de la amiga, la niña, la hermana, la madre, la tía, la abuela, comienza a perfilarse desde el primer momento, desde niño, cuando aún miras para arriba. Ahí es donde empieza a fraguarse todo. Después vienen ciertas anécdotas como la que yo viví cuando, en una cantina de México, hace muchos años, tomando con un amigo una botella de un tequila parecido al que hoy nos han servido, oí en una rocola, en una de esas máquinas en las que meten pesos y salen las canciones, un corrido mexicano que cuenta la historia de una traficante llamada Camelia La Tejana. En ese momento fue cuando me di cuenta de que esa canción era la verdadera épica, ya que cuenta una historia maravillosa, con una extraordinaria potencia narrativa, llena de aventura y muerte, en tan sólo tres minutos. ¡Ojalá yo tuviera ese talento! El caso es que me quedé con esa historia de fronteras en la cabeza. Digo lo de fronteras porque yo tengo la teoría, o mejor dicho la certeza, de que nuestro llamado "primer mundo", nuestro mundo de ahora, es un mundo en el que los malos son malos muy aburridos. Es más, ahora cualquier rata de cloaca puede ser mala. Basta con apretar botones, con firmar cheques, con manejar Internet; no arriesgan nada. Cualquier cobarde puede ser malo. Sin embargo, en sitios fronterizos tales como México o como el sur de España el malo todavía necesita valor, coraje, jugársela para serlo. Y si gana, gana. Y si pierde, pierde. Y si pierde, paga. Y es ése el código, el juego que para mí es la última gran épica de nuestra época. Claro que me di cuenta de ello precisamente en esa cantina, con el tequila en la mano, oyendo la canción. Y a raíz de esa experiencia fue, como he dicho, cuando vi una historia maravillosa que maduré y fragüé durante un tiempo hasta que un día escribí la historia de Camelia La Tejana, que es la historia de Teresa Mendoza.

-Pero ¿cómo llegas a esa cantina? Algo te llevaría hasta allí, no sé, quizá el ansia de aventura.
-Bueno, estábamos en 1990, más o menos, y yo ya era novelista. Lo que ocurre es que todo depende de la vida de uno, y pasé mucho tiempo en esas fronteras, viví mucho tiempo en esos ambientes. Yo trabajaba en países donde había narcotráfico, y de hecho mi agenda está repleta de lo mejor y lo peor de cada casa.

-Entonces será una agenda perseguida. Supongo que alguien daría dinero por ella.
-Tengo una fotocopia, por si cualquier día la pierdo. La verdad es que resulta muy curiosa: están desde el teléfono de Lola Flores, que ya no se pone al teléfono -al menos cuando la llaman aquí-, hasta los teléfonos de traficantes y prostitutas. De todo lo que como reportero anduve. Entonces, a la hora de hacer esta historia ha sido muy divertido recuperar a los viejos amigos, a los viejos contactos; incluso me he descubierto comportándome otra vez con mis viejos gestos de reportero, aunque no ya con la inocencia de aquellos tiempos, sino con la malicia de quien sabe que todo eso con lo que está trabajando va a ser ficción.

-O sea, que son más de 29 meses, esos 29 meses que tú dices que has pasado con Teresa, lo que lleva acompañándote la sombra de la mexicana, ¿no?
-Eso han sido los meses de convivencia, tras el momento en que ves pasar a una mujer por tu lado, te deja una imagen en la cabeza, después la vuelves a ver varias veces, te acercas, la miras, la estudias y la ves con el novio, con el marido, con el amante, con los hijos, hasta que un buen día le dices un «hola, buenas» y comienzas a convivir con ella. Es decir, primero fue la observación de lejos y esos 29 meses a los que te refieres han sido precisamente la convivencia. Claro que esta vez el problema ha sido que yo he tenido que contar la historia de una mujer desde dentro, y puesto que yo no soy una mujer ni veo el mundo como tal, no he querido caer en aquello que un autor, un literato, dijo acerca de que todas las mujeres de la literatura universal, incluidas Ofelia, Ana Karenina o Madame Bovary, en realidad son hombres travestidos, esto es, que tras ellas se aprecia al hombre como autor. Entonces, consciente de este peligro, no es que haya querido superar a Shakespeare o a Flaubert, sino que he tratado de evitarlo como buenamente he podido. La verdad es que resulta un asunto bastante complicado, porque imagínate ver como una mujer no ya el mundo, sino la vida, a los hombres, la convivencia, el sexo, la soledad, el dolor, todo ese tipo de cosas; por eso digo que ha sido una experiencia muy singular, a partir de recuerdos, de preguntar, de moverte. La conclusión de todo este proceso es que sigue siendo una faena terrible ser mujer, y más ahora, cuando en nuestra sociedad actual ella hace otras cosas sin haber renunciado todavía a las responsabilidades genéticas que siente hacia el nido. Es decir, cuando hablo de nido me refiero a que la mayoría de las mujeres de hoy día trabajan y pelean en un mundo de hombres, pero al mismo tiempo no pueden olvidar que han dejado la ropa sin lavar, que el niño estaba con anginas, etc, y ese remordimiento causado por lo que ellas creen que es un incumpliendo de su deber cae en la esquizofrenia.

-Pero Teresa se mueve en un mundo muy diferente a ese que planteas.
-Lo que pasa es que he tenido que verlo globalmente. Teresa es otra cosa. Hay un concepto que me gusta, del que he hablado alguna vez estos días, y es el del soldado perdido. Yo, cuando era pequeño y traducía a Jenofonte y a Virgilio, porque estudié griego y latín, como se hacía antes...

-Pero en los estudios.
-Hombre, claro. Por gusto, no.

-Creía que profesionalmente.
-No, no. Mi padre decía que eso era parte de la formación de cualquier europeo del mediterráneo y que tenía que estudiar griego y latín, de lo que ahora me alegro muchísimo. Entonces, como te iba diciendo, cuando traducía la 'Anábasis' de Jenofonte y la 'Eneida' de Virgilio, aparecía esto del soldado perdido en territorio enemigo, ese concepto que describe al hombre que sabe que si es vencido no tiene retaguardia a la que retirarse, que se mueve por un mundo hostil, y me ha venido muy bien rescatar la idea para esta historia; sobre todo, teniendo en cuenta que, en mi opinión, la mujer es el último soldado perdido, el último héroe solitario de nuestro tiempo. Quizá porque el hombre tiene un montón de consuelos, una capacidad de autoengaño mayor frente al horror, al dolor, a la soledad y demás, mientras que la mujer tiene esa especie de lucidez genética que le hace ser más consciente de todo. Por eso mismo he tenido tan presente esa imagen del soldado en territorio enemigo, de ese soldado que se mueve por un campo hostil, que intenta encontrar el mar al llegar a casa -hipotético mar o hipotética casa- al escribir la historia de Teresa Mendoza. Hay que considerar que ella se mueve en el mundo del narco, donde los códigos son muy masculinos, más que en otros ámbitos. Ahí reside el contraste. Podía haberla ubicado en la Sociedad Filarmónica, o en Wall Street, o en Viena, o en el mundo de la moda, ya que en todas partes hay lucha, pero en este mundo del narco esa lucha era más evidente sin duda, todos los símbolos eran mucho más acusados, y para mí el escenario era, por tanto, mucho más potente.

-Trataremos de contar lo menos posible, porque deben leer el libro, pero para que se hagan una idea, al comienzo de la novela ella vive en ese mundo no ya ideal, ni mucho menos, aunque sí bastante femenino, y cuando arranca la narración es cuando no sólo debe meterse en el mundo del hombre, sino también comportarse como tal.
-Sí. Ella es la típica maruja de 20 años que vive en Sinaloa y es novia de un narco. Lo tiene todo resuelto: telenovelas como 'Betty la Fea', canciones de Luis Miguel, etc. En fin, una tipa que no se preocupa de nada, que ni lee, ni siente, ni padece, que se compra ropa cara y todo eso. Lo que ocurre es que la vida es muy perra, claro, y un día le matan al novio y ella tiene que salir huyendo -una huida que dura unos doce años y cuya carrera nosotros vamos siguiendo-. Entonces, enfrentarse de golpe a la vida, al horror desnudo de lo que es «la puerca vida», como ella dice, es lo que hace que se dé cuenta de dónde está, al tiempo que se van descubriendo los mecanismos de supervivencia que posee esta mujer sin ambición ni esperanza, aunque precisamente ahí resida su fuerza, como la de Eneas en Troya, ¿no?. «La única salvación de los vencidos es no esperar salvación alguna», decía Virgilio, y ella, de pronto, lee eso al azar en un libro y se dice: «Anda, está hablando de mí» -como cuando lee 'El conde de Montecristo'-. Todos los libros del mundo están hablando de mí, pero ésa es otra historia. El caso es que ella tiene que sobrevivir en un territorio hostil, enemigo, por lo que su historia es la de una supervivencia y su correspondiente victoria, con todo lo que esta última significa. En toda batalla se gana y se pierde, y la vida es una batalla en la que tienes bajas pero que a la vez te aporta lucidez y te despoja de inocencias; pues bien, todo ese proceso de despojo, toda esa lucha en un territorio, ese largo camino, en definitiva, hacia la soledad de su propio corazón es el camino de Teresa Mendoza.

-¿No crees que Teresa tiene mucha suerte?
-Sí, tiene mucha suerte. Hay gente a la que la vida ha golpeado duramente, pero para eso he sido yo quien ha trazado su destino. Entonces, lo hermoso de la literatura es que puedes ser precisamente tú quien dé o quite la suerte. Ella no tiene esperanza alguna, y la vida le da muchos golpes, a cuál más mortal; sin embargo, paradójicamente, cada golpe, al tiempo que le arranca cosas, también la empuja hacia arriba. Cada desgracia la lleva a un estadio superior -quizá porque ella no espera nada-, y de esa paradoja se construye la existencia de Teresa. La verdad es que me divertía esa idea de que la vida es un contrasentido; tal vez porque yo también he tenido mucha suerte -aunque no como Teresa Mendoza- y he podido comprobar que en mis etapas menos confortables, cada golpe sufrido, cada desgracia o cada cosa en la que he vivido inmerso me ha llevado a una situación mejor que la anterior sin yo pretenderlo. Así que, en resumen, le he prestado a Teresa un poco de esa realidad, porque nadie pone lo que no tiene. Esto es, a cada personaje le aplicas lo que posees, lo que vives.

-Aprovechando que me lo pones muy fácil para retroceder un poco en tu carrera, ¿entre el periodista y el novelista existe esa situación de Doctor Jekyll y Mr Hyde o tú vives tan tranquilo?
-No, no, eso ya se acabó. Sí hubo un tiempo en el que se solapaban, desde 1988, cuando empecé a escribir medio en serio, hasta Sarajevo, y lo cierto es que estaba esquizofrénico. Cuando venía aquí, me ponía a escribir y para nada me acordaba de aquello. Además escribía algo que no tenía nada que ver con ese ambiente. Luego volví, pero me dediqué a 'Territorio comanche' y por fin dije adiós, me fui. Son dos vidas distintas. Cuando uno tiene ya 50 tacos y mira hacia el futuro, y ve más pasado que otra cosa -porque es así y hay que asumirlo-, y ve todos los cadáveres que ha ido dejando atrás, los suyos y los de los otros; esto es, cuando uno camina y va matándose a sí mismo y también va matando gente (mujeres, hombres, amigos) no ya por maldad, sino por indiferencia, por inocencia, por ignorancia, por torpeza o por mil cosas, siente que la vida pasa. Y lo bueno que tiene escribir novelas es que "tranquilizas" a esos cadáveres, te reconcilias con ellos, ya que los hay que efectivamente te producen remordimiento, que te quitan el sueño, que te tiran de los pies por la noche. Lo que quiero decir es que yo no he sido un chico perfecto, en mi vida he hecho muchas cosas malas, y ha habido partes de mí que han muerto y que yo echo de menos, como la inocencia, palabras con mayúscula; entonces, escribir es una forma de reconciliarte, es como aquélla que quería enterrar a su hermano desenterrado y es condenada por su padre a muerte. Era Electra, ¿no?

-Digamos que Electra.
-La verdad es que ahora mismo, con el tequila en la mano, no podría asegurarlo

-Por eso mismo.
-A lo que me refiero es a que esos cadáveres los tienes sin enterrar y sabes que debes llevártelos, cogerlos, recuperarlos, limpiarlos, lavarlos y enterrarlos como Dios manda, para que descansen y tú descanses con ellos. Así que en esto consiste el trabajo de escribir, y precisamente la parte más agradable de esto de contar historias, de escribir novelas, es que puedes enterrar honrada y dignamente cantidad de cadáveres que tenías a medio enterrar y que a veces te incomodaban mucho.

-Pero no has renunciado del todo. Ahí está tu página semanal.
-Eso no es periodismo.

-Pero es muy diferente de tus novelas.
-Eso es un ajuste de cuentas semanal con mis amigos, con la vida, con lo que no me gusta. Es casi una especie de desahogo, es casi una broma. Hay días que me siento a escribir riéndome yo solo.

-Te dices: "¡Voy a por éste!".
-Exacto. Eso es una especie de amor, de juego, pero nunca periodismo. El periodismo es una cosa muy rigurosa. Lo que tú haces o lo que yo hacía cuando era reportero es un periodismo de verdad, serio, como el que hace mucha gente; sin embargo, lo mío es una especie de ejercicio personal con el que cierta gente me concede el honor de reírse al compartirlo o, por el contrario, se indigna.

-Ahí está la fama que tienes de incluir muchos tacos, aunque yo puedo asegurarle a la gente que piensa que aquí no los utilizas porque estás sobre un escenario que no los dices nunca.
-Hombre, alguna vez los digo, como todo el mundo, pero no, yo no soy un tipo mal hablado. De hecho, mi madre me daba unas collejas tremendas cuando era pequeño si decía alguno. Lo que pasa es que ese artículo es un estilo de contar las cosas, por lo que el taco puede ser un recurso expresivo, un refuerzo, un acto de indignación, un montón de cosas. Ahora, en mi vida normal no ando por ahí hablando de esa manera, aunque mi madre me echa unas broncas espantosas. Las amigas le dicen: "¿Cómo consientes que tu hijo hable así?", a lo que ella responde: "Pero si mi hijo tiene 50 años".

-A tu madre también le dijeron que te habías separado cuando escribiste aquel artículo en el que decías que habías dejado de convivir con una mujer con la que llevabas 29 meses.
-Es que el lector es muy primitivo. Sí, efectivamente le llamaron un día y le dijeron: "Oye, no sabía que tu hijo se había separado".

-No es que haya que recorrer toda tu carrera, pero ¿tú empiezas haciendo novelas históricas por influencia de tus lecturas anteriores, porque verdaderamente te gusta o porque quieres cambiar la historia y decir algunas cosas sobre ella?
-Pues la verdad es que no lo sé. Pienso que más bien se debe a que a uno le apetece contar historias. Tengamos en cuenta que yo soy un escritor que se forma con la novela del XIX. Es más, forma parte de mis tres referencias literarias fundamentales, que son los latinos y los griegos, que estudié de pequeño, el Siglo de Oro, con el que mi padre me machacó cuando tenía doce años porque le encantaba y me hizo compartirlo, y, efectivamente, la literatura europea del XIX, sobre todo, la francesa, la rusa y la inglesa. Y esta última referencia en especial es la gran novela, la novela de verdad que cualquier novelista debe tener como base aunque después se la cargue, aunque después mate a los padres, a los abuelos, a Víctor Hugo y a quien quiera. Por eso mis primeras incursiones literarias discurren por los cauces galdosianos, stendhalianos, balzaquianos y tolstoianos, que son mi referencia.

-De ahí también el que escribas novelas tan gruesas.
-Sí, es cierto. Además es como realmente me encuentro a gusto. ¿Sabes qué pasa? Que yo escribo para estar a gusto, yo no sufro escribiendo. Es más, pienso que quien sufre debería cambiar de oficio porque se ha equivocado de profesión. Para mí, escribir es prolongar una situación placentera. Yo no sé si con la siguiente novela voy a estar a gusto o no, entonces, si la historia de Teresa Mendoza me gusta y estoy bien con ella, cuanto más gruesa sea, mejor, siempre dentro de unos límites editables, claro está. Por eso me gustan las historias largas. De hecho, yo creo que cualquier lector de verdad al que la historia le guste preferirá que ésta sea larga.

-Porque lee mucho tiempo.
-Claro, porque cuando leo una historia y estoy a gusto con ella me siento triste, abandonado y frustrado al acabarla. Me gusta que tenga recorrido y familiarizarme con ella. He leído del orden de unas cuatro o cinco veces 'La montaña mágica', por ejemplo, novela que me encantó desde el principio precisamente porque es muy larga. La termino y la empiezo otra vez. Es una novela que he estado leyendo toda mi vida.

-Al pronto, no diríamos que es una de tus novelas favoritas, porque está ciertamente en las antípodas de lo que tú haces.
-Ya. Pero ¿eso qué tiene que ver?

-Yo creo que el autor tiene derecho a tener sus propias opiniones sobre la obra. Ayer anduvimos discutiendo acerca de cuáles eran los mayores riesgos que habías corrido y hablabas de 'La piel del tambor' como de un quiebro importante en tu carrera.
-Sí. Con esta novela he corrido mucho riesgo. Decían que era un éxito cantado, pero no fue así, y mi editora bien lo sabe.

-Sin embargo, creo que los mayores riesgos los corres con 'La carta esférica'. A mí me parece que es un capricho de Arturo Pérez-Reverte y un tremendo abismo que saltar, porque tú vienes del mundo del periodismo, de una escritura viril, por decirlo de alguna forma...
-En el sentido noble del término.

-En el sentido noble del término.
-También hay un sentido infame del mismo.

-Olvidémoslo. El caso es que te tienes que encontrar con algo frente a lo que tienes que desnudarte -y perdona el término-, cosa que a ti te da mucho pudor, me temo.
-Sí.

-Entonces, ¿cómo lo haces?
-¿Sabes qué sucede? El mar fue durante mucho tiempo mi vida oculta, mientras que el periodismo formaba parte de mi vida legítima. El mar era mi fascinación, la amante con la que esperaba irme cuando mi legítima muriera de vieja, por enfermedad o porque yo la asesinara. Pero ocurrió que me fui haciendo mayor y que me fui acercando más a todo, por lo que la mar estaba cada vez más presente en mi vida, y un buen día decidí que debía escribir sobre ella. Sabía que era un riesgo, porque una novela sobre el mar tan técnica, tan náutica, con tantas referencias marinas, podía no llegar a cierto tipo de lector, y de hecho ha habido gente a la que no le ha gustado; sin embargo, también es cierto que con ella he ganado a otros lectores -esto es lo bueno: que ganas y pierdes cada vez que te arriesgas-. El caso es que, efectivamente, ésa fue la primera vez en la que me salí del territorio en el que me había estado moviendo. Llegué al borde del éxito, por decirlo de alguna forma, arriesgué para comprobar qué pasaba y resultó bien, aunque podía haber resultado mal. Y lo mismo ocurre con esta novela, con la que también me he arriesgado, a pesar de que aún sea un poco pronto para saber cómo resultará -quizá me haya salido mal y yo no lo sepa-. Su lenguaje es ciertamente complicado y con respecto a la historia aquí ya no hay cuadros, ni misterios, ni música de Bach ni cosas de ésas, sino un relato actual, duro, crudo, muy violento, muy cruel, muy áspero, contado con un lenguaje adecuado, porque, al menos para mí, éste siempre debe estar al servicio de la historia, y no al revés. Por todo ello creo que he corrido más riesgos con esta novela que con 'La carta esférica'.

-¿Sí?
-Sí. Se trata de una mujer, y si no me sale bien, son 450 páginas de error.

-Es que en 'La carta esférica' casi tienes, por primera vez, un personaje femenino importantísimo al que además tienes que acercarte desde la perspectiva del personaje masculino, y eso es complicado. Aquí, en cambio, puedes hacer lo que quieras con tu protagonista.
-Pues yo no estoy de acuerdo -tampoco vamos a estar de acuerdo en todo, ¿no?-. Yo creo que 'La carta esférica' era más fácil porque Tánger Soto es un misterio, y cuando es un misterio que no hay que desvelar das vueltas alrededor. Ella es la mujer guapa y misteriosa de la fiesta, esa mujer que ves, a la que sigues y sobre la que puedes imaginar cualquier cosa sin riesgo alguno porque no vas a hablar con ella. Pero si te acercas y logras que te mire a ti, que converse contigo y llevártela al huerto, ahí la relación es diferente, porque descubres lo que es la mujer. Entonces, con Tánger Soto sucede que queda fuera y que el lector puede imaginarla como quiera; sin embargo, aquí yo no me podía equivocar, ya que desde el momento en que yo entro en Teresa Mendoza y cuento el mundo de una mujer, si éste resultar falso, impostado e incluso desenmascara al hombre travestido significa que no soy capaz de contar esa historia desde dentro, que realmente no soy capaz de ver el mundo como una mujer, y aquí reside ese riesgo. De hecho, si las mujeres rechazan al personaje de Teresa porque no se lo creen esta novela se va al diablo.

-Sí, eso es cierto. En cuanto a esa perspectiva de riesgo, es cierto que lo hay, pero yo me refería a él desde el punto de vista de la escritura.
-Hombre, en ese sentido, el riesgo ha sido técnico, ya que la verdad es que tenía un problema: contar la historia de un personaje femenino, más bien inculto, mejicano, que viene a España y que en doce años se hace razonablemente culto, elegante y sobre todo poderoso. Así que hacer creíble ese proceso, elaborar un proceso de aprendizaje que el lector viera posible, en definitiva, fue muy complicado, sin duda.

-En mi opinión, el factor clave es que salga en la portada del '¡Hola!'.
-Claro. Y además que salga en la portada del '¡Hola!' entre las diez o las veinte mujeres más elegantes de España. Eso, qué duda cabe, requería un lenguaje determinado. El narrador es español, entonces, pasar del español al mejicano, el juego lingüístico de usar el mejicano inculto e irlo convirtiendo en culto poco a poco hasta que pasa al español fue un trabajo muy duro que después el lector no debe notar. Si efectivamente así sucede, lo has conseguido, y si por el contrario se para y dice: "¡Ay!, qué bien está esta página", la fastidiaste.

-Es verdad.
-Yo estoy convencido. No en vano, los mejores estilos, lenguajes o estructuras son aquellos de los que el lector no es consciente. Cuando ha leído la novela de un tirón y la sensación que le queda es que se lo ha pasado bien, eso quiere decir que la cosa ha funcionado.

-Pues entonces la fastidiaste en la página 300, porque yo me paré un par de veces para decir: "¿Qué ha puesto éste aquí?".
-Nadie es perfecto. Conseguir esa facilidad de contextualización, esto es, usar palabras mejicanas sin poner debajo lo que significan porque el mismo lector, por el contexto de la frase, puede deducir su sentido, no es casual. En Alatriste, por ejemplo, lo complicado fue usar el lenguaje del XVII y que resultara creíble; no obstante, a mí me sirvió como experiencia previa. El caso es que este trabajo de carpintería, de artesanía profesional, ha sido agotador, lo más difícil, y mi miedo era que incluso un mejicano, que ésa es otra, dijera: "Este gachupín viene aquí ¿y qué se cree?, ¿que es Malcolm Lowry? ¡A hacer puñetas!". Claro, porque la novela se está leyendo también en Méjico, y eso es un riesgo, aunque hasta ahora ha pasado el examen, cosa que yo tampoco sabía. Entonces, el peligro está ahí, y lo demás es secundario.

-Sí, porque además, en esto, hay otra dificultad añadida de la que quizá no te has percatado. Aquí tenemos una versión estereotipada del hablar mejicano que pasa por Cantinflas, los híjoles y compañía, y al final tus palabras le salen al lector con ese particular acento.
-Pero es que cuando yo fui a Méjico dije: "¡Anda, si hablan como Cantinflas!". La verdad es que fue toda una sorpresa para mí, me quedé a cuadros. Claro que debemos tener en cuenta que el éxito de Cantinflas reside justamente en que hablaba como el pueblo. Ahí está la cuestión, o "el detalle", como diría él. Por supuesto que tampoco podía abusar de eso, porque luego lo iban a leer un español, un colombiano, un argentino, y había que traducir la novela al polaco, al hebreo, al israelí y al japonés, así que ha sido un trabajo muy duro y sobre todo muy angustioso, y hasta que no la han leído amigos mejicanos y me han dicho que parece escrita por un mejicano o amigos españoles que me han dicho que parece escrita por un español -cosa que no ha sucedido hasta hace poco-, he tenido la natural inquietud de aquél que no sabe lo que ha hecho.

-Tú hiciste allí buenos amigos.
-Amigos de verdad.

-Con el compromiso de tratarles bien, ¿no?
-Claro. Es que yo no quería denunciar el narco ni documentar nada, simplemente quería contar la historia de una mujer; en concreto, el viaje al corazón de una mujer que podía ser de aquí o de allí. Entonces, elegí el mundo del narco por lo que he mencionado antes. Pero para darle credibilidad, puesto que no hay museos o bibliotecas del narco, a diferencia de lo ocurrido con otras novelas, tuve que irme a los lugares donde se desarrolla. Yo tiré de agenda, de amigos, como ya he explicado, y me fui a Marruecos y también a Méjico; a Sinaloa, que es un narco-estado. Con esto no quiero decir que todos los mejicanos sean narcotraficantes, mas cierto es que el narco tiene allí mucho peso en la vida, en la cultura, en la economía, en todo. Por eso entré como periodista, con simpatía, sonriendo, con dinero. Así, poco a poco, me fui enredando en esa vida. Tomé muchos tequilas, claro, porque en Méjico el tequila funciona siempre, es mano de santo. Después pagué muchas copas, porque tomar una copa en Sinaloa con narcotraficantes significa 2.000 dólares de factura; entonces, cuando me tocaba a mí, me salía confeti de la banda magnética de la American Express. Claro que en aquellos momentos me decía que ya se lo colocaría a mis editores, así que, aunque ellos no lo saben aún, van a pagarlo. ¡Hombre que si lo van a pagar! De hecho, ya se lo he colocado, porque les he cobrado una pasta por la novela.

-Gastos de representación.
-Es que realmente ha sido así, porque yo me fui allí pagándome el viaje, los hoteles y todo lo demás. No en vano, para eso valen las novelas, para poder hacer estas cosas, para tener la libertad de hacer lo que tú quieres. Lo cierto es que la experiencia ha sido muy divertida, ya que a pesar de ser gente muy peligrosa también es gente que tiene unos códigos, algo que me interesa mucho habida cuenta de que mientras todo es más legal en España y más ilegal en Méjico, en ésta todo es más moral que en aquélla. Es decir, allí existe la dignidad. Por supuesto que también hay perfectos hijos de puta -siento usar una palabra tan dura-, redondos, compactos, "imporos", como diría Parménides, pero otros no lo son; entonces es curioso ver, a diferencia del mundo en el que vivimos, en el mundo de corbata y cuello blanco en el que todo se compra y se vende, en el que nada se respeta con dinero, cómo en esos mundos fronterizos la gente tiene una serie de códigos que respeta por razones de supervivencia. De hecho, toda la minoría, los marginales, tiene sus propios códigos, sus instrucciones de navegación, por lo que moverme en este mundo, tomándome copas con los pistoleros de bigotes, emborrachándome con ellos, cantando, dejando que me contaran su vida, sus historias, sus relaciones, ha sido una experiencia muy interesante. Sobre todo porque estaba allí arriba no ya como reportero, porque no tenía que contar la verdad, sino como un tipo que tenía libertad absoluta para saquear, manipular, robar, apropiarse, torcer, retorcer, mistificar. Eso es lo hermoso de la literatura, que puedes elaborar tu propia visión del mundo, de los hechos, y eso es lo que he ganado, por eso ya no quiero ser otra vez reportero.

-¿Acabaste cantando corridos?
-Acabé viviendo corridos. Lo cierto es que allí hice amigos de verdad, amigos carnales, que dicen, hasta el punto de que un día, en una cantina, cuando estábamos borrachos de tequila hasta las patas, entró un grupo norteño a cantar un corrido y de repente me di cuenta de que estaban hablando de mí. ¡Me habían dedicado un corrido y me lo habían regalado! Me hizo mucha ilusión, casi lloré. Es más, imagínate a todos aquellos tipos tan grandotes, con bigotes, llorando. Fue muy divertido. Ésa es la vida allí, y en realidad uno vive para tener esos recuerdos.

-Como antes apuntabas, alguien puede pensar que, ¡caramba!, moralmente el personaje central es rechazable. ¿Tú lo salvas?
-No, no la salvo. Teresa Mendoza no entiende de moral, es un personaje amoral, pero ¿por qué había de serlo? ¿Son más morales un tiburón de Wall Street o un político? Es la misma historia. Lo que sucede es que ella tiene valor porque da la cara, porque se la juega, no como otros. Claro que debemos tener en cuenta que narro el mundo desde el punto de vista de un narcotraficante, entonces, éste no es el mundo que conocemos. Para ella, la policía, el gobierno, los políticos, son gente a la que se tiene que corromper, comprar, sobornar o matar. Ése es, por tanto, el mundo que yo observo. Ahora, en la novela no hay ni buenos ni malos.

-Sí la salvas en el sentido de que la elevas desde su primigenia situación de analfabetismo a lo que para ti es tan importante, que es el acceso a la cultura a través de la literatura.
-Según lo que me contó una amiga presidiaria, el libro más leído por las reclusas es 'El conde de Montecristo'. ¿Por qué? Porque se sienten realizadas y proyectadas, como lectores de verdad que son. Se dan cuenta de que ese libro habla de ellas. Entonces, me hice eco de esta historia y cuando Teresa va a la cárcel -eso sí podemos contarlo- una compañera le hace leer dicha obra. De pronto, ella se ve reflejada y eso le impulsa a leer otros libros, dándose cuenta de que todos son ella. Así descubre que los libros son la proyección de uno mismo y una puerta para conocer el mundo y comprenderlo, por eso se vuelve lectora. Además, eso es lo que justifica que ella cambie de condición y que consiguientemente se le abran muchas puertas.

-Lo que pasa es que eso sí que resulta casi lo más increíble de la novela.
-No, ¿por qué?

-¿De verdad existe gente así? Una cosa es que lean 'El conde de Montecristo' y algunas otras novelas semejantes en la cárcel, y otra muy distinta que luego, cuando salen... Bueno, tú sabes, tú controlas mejor.
-¿Me estás diciendo que te has creído la novela?

-¿Eh? No, no. En la novela salen Teresa Mendoza y Patty, y leen, pero...
-Sólo contéstame a una pregunta: ¿puede haber ocurrido?

-Claro.
-Me vale.

-No, hombre, claro, por supuesto.
-Yo no niego que pueda ser un caso de cada mil, pero eso es lo que me importa.

-Lo que yo quería decir es que tú le concedes el mayor de tus galardones. Es decir, lo que para ti es lo más importante se lo das a ella.
-Sí. Le hago lectora, porque es que yo tengo la certeza personal de que el mundo no se puede comprender sin los libros, de que a aquél que no lee le falta una parte, un punto de vista, una forma de entender el mundo. Un mundo que nunca va a poder entender de verdad sin los libros, porque todo lo que te pasa ya ha pasado, todo lo que te ocurre ya ha ocurrido, todo lo que sueñas, vives, matas, luchas, ha ocurrido ya y está en los libros. Entonces, quien tiene el privilegio de asomarse a un libro y entrar en él ve que ahí, si no soluciones, hay mecanismos para asumir lo que es, y eso es lo importante. Y yo le doto a Teresa Mendoza de esa capacidad. Ella es una tipa muy inteligente, lo que pasa es que no lo sabe. Es una tipa con virtudes en bruto, y el año y medio que se pasa en la cárcel, reflexionando, junto con la vida en general que lleva, le hace ir avanzando e ir desarrollando esa capacidad innata.

-Ya a escala personal, con respecto al asunto de la literatura, ¿tú sigues buscando respuestas en ella?
-Claro. Por eso sigo leyendo.

-¿No las tienes? Puedes leer simplemente por placer.
-¿Sabes qué pasa? Que además del placer de leer, que es otra cosa, hay algo muy importante para mí: yo me voy a morir, como el resto de los mortales, y la verdad es que a lo largo de mi vida ya me ha tocado ver morir a mucha de la gente que ha seguido camino conmigo, jóvenes o viejos, de las maneras más diversas, gritando, resignados, con las tripas fuera, con las tripas dentro. Entonces, yo siempre he dicho que quisiera morir sin gritar; cuando me llegue el momento de morir, quiero hacerlo en silencio, como Mariano, como Paco, como Mohamed, como Fernando, como aquellos que murieron bien, como mi abuelo, como mi padre, tranquilos, diciéndose que es lo que ha tocado. ¿Y por qué quiero morir así? Por estética, por dignidad, o como quieras llamarlo, y opino que leer y escribir es la mejor forma de asegurarme esa serenidad. En definitiva, es una forma de asumir que voy a morir, que envejeceré, que tengo canas, que perderé el pelo, que ya ninguna chica me sonreirá -bueno, ya no me sonríen, o a duras penas-, que un día ya no podré tirar de la liza del barco y tendré que quedarme en tierra. Lo cierto es que leer y comprobar a cuánta gente le ha llegado la muerte antes te hace plantearte: "Sí, me voy a morir. ¿Y qué?". De hecho, esto es algo que llevo en la sangre, porque cuando era pequeño y decía aquello de "me duele" mi padre contestaba: "Sólo es dolor. A mucha gente le dolió antes que a ti. Tampoco es tan importante". Pues bien, a eso es a lo que me refiero. En conclusión, lo fundamental es asumir que soy un ser humano con sus miserias, con su decadencia, aunque también con sus momentos de gloria juvenil, y para ello necesito rodearme de paz, serenidad, aceptación, algo que sólo me dan los libros, los que leo y los que escribo -por eso me dedico a esto-. ¿Qué ocurre? Que ahora leo libros que ya había leído; releo más que leo. Ya hay muy pocos libros que me interesen, y los que me interesan ya los leí. Tú sabes que hoy día hay muy pocas sorpresas, entonces, por cada sorpresa, hay diez libros que releo, sobre todo si son clásicos latinos, que me gustan mucho. Sí es cierto que esos libros antiguos los leí cuando era joven y por tanto de manera diferente, porque mi corazón era distinto, así que leerlos ahora, con los años, con la experiencia, con la lucidez que te da el tiempo, es un ejercicio personal muy placentero y sobre todo muy instructivo. Podría decir que todavía leo para aprender, para aprender a morir, claro está, durante los 5, 10 ó 15 años que me queden. Eso es para mí la literatura.

-¿Has llegado ya a los 50?
-Sí. Los hice en noviembre.

-Sabes el chiste, ¿no? Aquél que dice que si a partir de los 50 no te duele nada cuando te levantas es que estás muerto.
-Pues a mí ya me va doliendo, y lo noto porque cuando era reportero me podía coger una borrachera de muerte, quemaba un burdel de Beirut, por ejemplo, y al día siguiente por la mañana estaba trabajando tan tranquilo. Ahora, en cambio, me tomo dos copas y al día siguiente por la mañana estoy que no me tengo y por la noche me despierto. Son los años.

-Por cierto que, hablando de la muerte, hay diferentes formas de enfrentarse a ella en 'La Reina del Sur'.
-Sí, he procurado que eso estuviera muy claro.

-Hay una aceptación por parte de algunos y hay una rebelión consistente en una petición, en un "por favor, por favor...".
-Sí señor. Muy bien apuntado.

-Cada uno se muere de diferente manera.
-Sí. En realidad, la novela también es un tratado sobre la muerte; de hecho, podría haberse titulado 'Varias formas de morir'. Además, ella sabe distinguir muy bien cada una de esas formas. Con respecto a lo de esos calcetines en el suelo, por ejemplo, ningún hombre merece morir en calcetines. Es ese tipo de cosas. Quizá para mí la muerte es algo muy presente; soy mediterráneo y estoy harto de ver cementerios blancos, de haber merendado de pequeño encima de las tumbas de mis abuelos el día de los difuntos y de comprobar que había marinos que no volvían tras los días de temporal. Y ese concepto de la muerte como compañía, como presencia, se agudizó con la vida que llevé después, que me ayudó a comprender sin dramatismo que está ahí. De hecho, lo tengo tan asumido que cuando me fui a navegar antes de terminar la novela le dije a Amaya, mi editora: "Ahí tienes el disquete, y si me pasa algo, aunque está sin corregir, puedes publicarlo". Incluso la manía de dejar los cajones en orden antes de irme la tengo desde que era jovencito, desde que me iba con la mochila, por el trabajo que hacía. Es decir, siempre tengo todo ordenado, tanto si me voy a Cartagena en coche como si viajo a cualquier otro lugar. Además me gusta que sea así. En definitiva, creo que es bueno para el ser humano saber que es mortal. A mí, desde luego, se me quedó en la cabeza aquello de cuando el general romano mataba a diez mil enemigos y volvía a Roma triunfante pero siempre había un esclavo para recordarle que era mortal, y desde entonces tengo continuamente presente que yo también lo soy. Cosa que, por cierto, en vez de entristecerme me hace disfrutar más de la vida. Ahora mismo estoy aquí, con un tequila en la mano y una novela que está funcionando, y me parece que es estupendo. Mañana ya veremos. Es como cuando hay una mujer guapa que te mira y te dice que le caes bien; pues has triunfado, y eso no te lo va a quitar nadie. Ésa es una forma de vivir que he adquirido desde muy joven porque entonces ya sabía que mañana podía no tenerlo, lo que me ha permitido disfrutar de todo lo que he vivido y hacer un balance muy positivo. Y eso se lo debo a la muerte, a pesar de que vivimos en un mundo en el que no es políticamente correcta. Los viejecitos tienen que morirse en el hospital, tras el biombo. Eso que me decían de pequeño de "el abuelo se ha muerto, venga, dale un beso" se ha perdido, pero estaba muy bien. Tengo hasta la sensación en la boca de la piel de mis abuelos, y eso es bueno porque te recuerda la fragilidad. Ahora, en cambio, llevamos el asunto de manera que nadie se dé cuenta. Un chaval va con el coche a toda pastilla porque se cree inmortal, y es la propia sociedad la que se lo inculca. Cree que nunca va a morir, que va a ser guapo toda su vida, y eso es muy malo porque nos hace estúpidos, ignorantes y sobre todo más vulnerables, porque no sabemos por dónde nos viene la estocada. Yo, sin embargo, siempre he tenido el privilegio de vivir con la certeza de que me voy a morir.

-Tuviste la información antes que otros. Martin Amis, en 'La información', dice que llega sobre los 40 años, aproximadamente.
-Sí, la tuve antes. Yo me sabía mortal antes. Yo sé cómo son las tripas de un hombre porque las he visto en el suelo; son metros y metros y metros, un montón de tripa del que sale un humillo porque está caliente y le sale vapor. Así que cuando tienes oportunidad de ver y oler cosas como ésa es bueno saber que existe.

-¿Y eso no te ha hecho escéptico?
-Me ha hecho escéptico en muchas cosas, sí.

-Totalmente escéptico.
-No, totalmente no. Sobre todo me ha hecho rencoroso y agresivo frente a ciertos discursos políticos, eso ya de entrada, porque sé que conducen a tripas desparramadas por el suelo, y ese camino es muy peligroso. Pero aparte de esto, aunque efectivamente sí me ha hecho escéptico en otras cosas, al mismo tiempo me ha hecho valorar lo verdaderamente importante, la amistad, la lealtad, esas cosas de las que está hecha la vida normal de la gente buena y normal, que tiene una familia, un amor -lo que dure-, unos hijos. Lo demás son milongas.

-Arundhati Roy, en un artículo sobre el peligro de guerra entre India y Pakistán, terminaba diciendo: "¿Por qué les aguantamos?".
-Así es.

-¿Hay forma?
-Sí, hay forma, claro que hay forma, pero no quiero entrar en ese tema porque me caliento y mañana salimos en los periódicos.

-Entonces lo dejamos. Y por volver a lo nuestro, me gustaría señalar que tratas bien hasta a los malos de tus novelas.
-Es que para mí no hay buenos ni malos, el único malo de verdad es aquel que no se arriesga nunca, aquel que mata por persona interpuesta o que se beneficia del que mata. Para mí, el malo es el que mata con Internet -y hablo de matar en sentido figurado o real-, el de cuello blanco, el cobarde, la rata de cloaca que en este tiempo sí puede hacerlo pero que en las cavernas no podía, cuando Mariano salía con la lanza a cazar al brontosaurio y le echaba narices, y se la jugaba, porque Mariano tenía lo que hay que tener. Ahí está la diferencia. Ahora, como digo, cualquier rata de cloaca que tenga dinero, medios o influencias perfectamente puede hacer lo mismo que Mariano pero sin jugarse nada. Puede comerse la chuleta de brontosaurio poco hecha encima de una mesa del Goizeko Kabi y no se juega nada, y eso es lo que me parece imperdonable, porque yo creo que arriesgarse, poner de su parte, la posibilidad de perder, es, en definitiva, lo que le da dignidad al hombre. Uno puede mentir y sobre todo puede comprar cualquier cosa con dinero, salvo el valor y la dignidad. Cuando la vida está en peligro ya no hay dinero que valga, y yo lo he comprobado. He visto a ciertos tipos correr como ratas, pedir misericordia de rodillas para poner a salvo el pellejo, a mí mismo me rogaron, arrastrándose, que les sacara en mi coche. ¿Por qué? Porque la dignidad personal, como digo, no se puede comprar con dinero; por eso es la única virtud que de verdad respeto. Esta mañana he estado viendo un documental sobre la Guerra Civil y me he acordado de unas imágenes de la liberación de Madrid en las que se ve a los nacionales que entran en la capital y reparten pan blanco mientras una muchedumbre les persigue. Todos menos un viejecito muy correcto en la forma de vestir, flaco, con bigote, que permanece fuera del tumulto esperando a ver si le cae un pan porque no se atreve a meterse en él. Pues bien, eso es la dignidad: tener tanta hambre como todos pero decidir no empujar a mujeres y niños para comer algo. Decir: "Si me cae, bien, y si no, me quedo sin comer", aunque parezca una tontería, es aplicable a muchas cosas, y a eso es a lo que me refiero cuando hablo de valor y de dignidad personal, únicas virtudes que en este mundo miserable donde todo se puede comprar y vender respeto.

-A propósito del asunto de los calcetines, ni el más miserable de tus novelas puede morir con ellos puestos.
-Claro. Pero es que en realidad hay muchos miserables que no tienen la culpa de serlo. La vida es muy perra, entonces, por mucho que el valor y la dignidad sean fundamentales, si tú tienes cinco hijos a los que tienes que dar de comer como a los pajarillos del nido, aunque tu jefe siempre sea el malo, no le puedes mandar a hacer puñetas, porque si no a ver quién va a alimentar a Aitor, o a Gorka. Ésa es la puñetera trampa de la vida. Siempre te atrapan por ahí y te hacen vulnerable. Así que cuando retrato a los miserables siempre me digo que quizá lo sean porque las circunstancias les obligan a serlo. Es decir, siempre les trato con piedad, aunque no sé si es la palabra oportuna, siempre trato de reflejar que no hay cosas blancas ni negras. Ahora, cuando hay un miserable perfecto, absoluto, si puedo le escupo a los ojos.

-Vayamos con la estructura de la novela, que es verdaderamente diferente a lo que tú habías hecho antes. En principio, es la primera novela que no tiene anclajes en el pasado, ¿no?, porque según todos tus libros anteriores, o bien ocurren en el pasado o bien hay una referencia que lleva a los protagonistas a él. ¿Qué te ha sucedido aquí?
-En efecto, creo que es la única, y el motivo es que esta vez no necesitaba utilizar el pasado. Esta vez, teniendo en cuenta que una novela es un conjunto de cosas al servicio de una idea, la historia que quería contar no tenía precedentes, lo que supone un peligro porque quizá pierda a los lectores a los que les gusta el pasado.

-¿De verdad crees que un autor pierde lectores?
-No sé. Creo que llega un momento en el que tienes un territorio propio que el lector que te sigue sabe que es tuyo, y si te sigue es porque le gusta ese territorio; entonces, te puedes permitir ciertas incursiones, ampliaciones, pero nunca puedes abandonar la base de partida. Siempre debe haber un hilo conductor entre tus novelas, por muy diferentes que sean, que una las primeras con las últimas. Al menos yo, como lector, siento que eso sucede con otros autores, al tiempo que imagino que lo mismo pasará conmigo. La verdad es que ésta es una novela revertiana, muy revertiana. Los personajes son típicamente míos, incluida ella. Y si bien es cierto que cambian el escenario, el mundo y por tanto el lenguaje, más bien lo hago por no aburrirme. De hecho, yo ya he dicho muchas veces que escribo siempre la misma novela; cambio el corazón, el punto de vista, el territorio, sí, pero es siempre la misma novela. Esos cambios los hago por no caer en la monotonía, lo acabo de decir, y porque no necesito dar con la fórmula para escribir una más, y otra, y otra y otra. Yo ya tengo lo que quería tener: una casa, libros, un velero, que es mi único lujo, y poco más. O sea, que ya me da igual, y si hago novelas es porque me apetece, porque me siento bien con esas historias, porque soy feliz, en definitiva. Sería ridículo, entonces, estar fabricando churros por año.

-Si asumes que todas tus novelas son revertianas ¿por qué te niegas a aceptar que esa especie de narrador que aparece circunstancialmente en la novela eres tú?
-Por muchas razones. Primero, porque no soy yo, porque es la novela, es ficción, y nada de lo que hay dentro es verdad. En esta novela salen muchos nombres propios que existen en la vida real, mas una vez en la novela son personajes de ficción, porque me lo invento todo, porque manipulo y porque soy yo pero en realidad podía no ser yo, podía ser cualquiera. Tan sólo es un punto de vista, es alguien que cuenta, un narrador. ¿Sabes qué sucede? Que cuando escribo una novela lo primero que hago es una estructura muy definida, muy clara, muy precisa, para poder montar o ensamblar en ella. Mis novelas son muy complejas, aparentemente sencillas pero complejas, y para que haya una armonía y el lector fluya por ellas, hay que dotarles de una estructura subyacente que las sostenga. Esta vez, en cambio, no tenía una estructura clara, así que cuando empecé a viajar para recopilar datos que me sirvieran para crear la ambientación de la novela, me di cuenta de que mi misma gestión, ese mi mismo viaje, valía como estructura del texto. Entonces, pensé que si iba a hacer un trabajo ¿por qué no utilizar mis entrevistas, mis conversaciones, mis viajes, como cañamazo para tejer en torno a él?

-Luego eres tú.
-Soy yo, sí, porque es un tipo que ha sido reportero y que es escritor, pero nada más. Quiero decir que no me hago responsable ni me solidarizo con nada; ninguno de sus puntos de vista tienen por qué ser míos. A lo mejor coincide que lo son, pero no tienen por qué serlo.

-Entonces, quizá eso venga de la época de 'Territorio comanche', ¿no?, de la que también decías que era una obra de ficción.
-'Territorio comanche' es autobiográfico. Todo lo que aparece en ese libro, salvo el nombre del protagonista, es real. Eso sí que es un pedazo de mi vida absolutamente traspuesto, y además estoy muy contento con ese libro. Yo quería irme del periodismo porque estaba cansado de hablar de Sarajevo mientras aquí se zapeaba con el fútbol, harto de ver a Solana riéndose en los telediarios, entonces decidí largarme, abandonar la profesión; sin embargo, antes quise que supierais cómo lo veía, qué había detrás de la cámara, qué era lo que no os había contado e incluso qué estaba pensando sobre vosotros, sobre el espectador, así como sobre mí mismo, y por eso escribí ese libro. En definitiva, fue una especie de testamento, de despedida del periodismo, y realmente es el libro del que estoy más orgulloso, quizá porque es el más sincero que nunca he escrito.

-Incluso con la edición quisiste marcar la diferencia, porque tú eres un autor fiel a Alfaguara y en este caso el libro lo publicaste con otra editorial.
-Bueno, no veas el rebote que se cogieron. Uno de los privilegios de un autor de éxito, como dice mi editora, es que a veces puedes hacer esas faenas, y no pasa nada. La verdad es que me propuse que ese libro no tuviera nada que ver con el resto de mis novelas, quería que quedara muy claro que era otra cosa, y por eso lo publicó un amigo mío. Además lo escribí en unas dos semanas, quince días, más o menos.

-Más víscera que mente.
-Absolutamente víscera. Ni calculé las consecuencias. Claro que tampoco imaginé que iba a ser lo que fue, que se iban a publicar 60 ediciones, o que me iban a venir con el libro unos chicos de la facultad, como me sucedió el otro día en Barcelona. Para mí se trataba de un desahogo personal que, según lo que yo pensaba, sería un libro marginal. Nunca imagine que iba a tener tanto éxito ni que se iba a montar el jaleo que después se montó.

-O sea, que tanto trabajo para elaborar las estructuras de libros como 'El Club Dumas' o 'La tabla de Flandes' y de repente, el que escribes a bote pronto es el que...
-Para que veas lo que es la vida.

-Bueno, no. Con 'El Club Dumas' ya te habías convertido en una estrella, con perdón.
-Hombre, sí es cierto que ya no me jugaba nada porque mi nombre ya funcionaba. Ya sabía que podía vivir de la literatura, entonces renuncié a una antigüedad, a una pasta que me hubieran tenido que pagar, etc., ya que la verdad es que me daba igual. Estaba harto de la tele y por eso me fui. No me gustaba nada Televisión Española, no me gustaban mis espectadores, estaba harto de contar inútilmente una guerra que había contado 200 veces. Yo siempre me acuerdo del día en que cayó una bomba en un barrio de Sarajevo y le reventó a un chiquillo pequeño. Márquez estaba conmigo y por una vez en su vida filmó un poco y después se puso a ayudar al crío. Lo metimos en el coche y lo llevamos al hospital. Conducía Márquez. Íbamos por la ciudad a toda pastilla. Llevaba al chiquillo encima, que estaba sangrando por todos lados y me puso perdido. Yo le decía: "No te duermas", evitaba a toda costa que se durmiera. Pero se nos murió y llegamos al hospital con él muerto; entonces, allí lo dejamos. Márquez, como hacía siempre, filmó impasible y cuando se quedó solo se apoyó en la pared con la cámara, fumando un cigarrillo, callado. Volvimos al hotel y no había agua para lavarnos, así que estuve tres días con la camisa manchada de sangre. Me acuerdo de que la llevaba hasta en las uñas, que estaban largas porque no tenía cortaúñas. Pues bien, por esas mismas fechas, en Madrid, salía Solana por la tele diciendo que no pasaba nada; por eso lo odio tanto. Te doy mi palabra de honor si te digo que no tengo nada personal contra Solana, ni siquiera políticamente, pero es que el tío estaba negociando en Sarajevo dándole besos a Milosevic. Entonces, como yo le veía sonriendo mientras todo aquello pasaba, llegué a odiar su sonrisa. Además simbolizaba justamente lo que me hizo aborrecer el periodismo, lo que me hizo vomitar por dentro y decidir que se había acabado, que todo era una mierda y que no tenía sentido seguir metido en aquello. ¿Para qué iba a soñar? Todo se terminó, y abandoné el periodismo porque, entre otras cosas, me di cuenta de que 21 años haciendo lo mismo para nada eran más que suficiente. Era hora de que se encargaran otros que todavía tenían fe, aunque yo sabía que no iba a cambiar nada, que estábamos haciendo el gilipollas y que acabaríamos todos muertos (de hecho, en esa guerra mataron a 56 compañeros, 12 de los cuales eran amigos míos). ¿Qué sucede? Que con 20 años te matan por tus sueños, por la aventura; con 30 años, por la profesión. Pero con 40 años ¿para qué me van a matar? ¿Para que Solana se ría y diga que no pasa nada? Por eso le tengo tirria al pobre hombre, que tampoco me ha hecho nunca nada. Quizá se pregunte por qué simboliza tantas cosas horribles para mí, pero es que ahí estaba, dándole besos en la boca a Milosevic -que, por cierto, mira dónde está ahora-.

-Bueno, como no queda mucho tiempo, no te vas a marchar de aquí sin hablarnos un poco de Alatriste, ése que a lo mejor es Arturo Pérez-Reverte.
-No, no soy yo porque, entre otras cosas, yo nunca mataría por dinero. Quizá sí por otras cosas, pero no por dinero. Lo que sí es cierto es que, salvando todas las distancias históricas, personales, morales y demás, porque yo tengo otros códigos, Alatriste ve el mundo como yo lo veo. Efectivamente, es el personaje que más se parece a mí por su forma de mirar, por su manera de ver más de lo que quiere ver, que por otra parte es muy española. Coincidimos en ver igual este país, este lugar llamado España, este callejón, esta plaza pública en la que nos hemos juntado históricamente tanta gente diferente, de lenguas y razas distintas. Un lugar que siempre ha estado gobernado, hasta la saciedad, por curas fanáticos e hijos de puta, por reyes incapaces, miserables y cobardes, y por ministros corruptos y canallas que siempre nos han tenido a todos enfrentados, analfabetizados, encadenados, puteados, siempre ocultos, bajo la losa que nos pisa el cuello. Así ve España Alatriste y así la veo yo también, y ésa es, en realidad, mi manera de ver el mundo y la vida en general.

-Aunque su carácter es muy diferente, ya que él es un hombre aplastado.
-No tiene nada que ver. Él es un tipo que maneja silencios y yo soy callado -ahora hablo porque si no ¿quién iba a hablar?-. Es decir, en la vida normal no soy nada hablador, mis amigos lo saben. De hecho, me gusta navegar porque puedo estar 20 días sin abrir la boca para nada. No obstante, sí es cierto que esa visión dolorosísima de lo que es el lugar que llamamos España la comparto. España me produce una desazón y una incomodidad terribles, así como una falta de esperanza espantosa. Es un país insolidario y cainita, y siempre caemos en los mismos errores. Por cierto que este año le he dicho a mi asesor fiscal que no le ponga la cruz a la Iglesia.

-Bien. Aprovechando el aplauso, creo que lo podemos dejar aquí. Muchas gracias a todos.
-Sí. Muchísimas gracias.


Ultima edición por Rogorn el Dom Ago 21, 2011 7:28 pm, editado 1 vez
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bowman
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MensajePublicado: Vie Feb 26, 2010 2:34 pm    Asunto: Responder citando

Arturo Pérez Reverte
"En España nos faltó la guillotina"
26/02/2010
El Cultural 'El Mundo'

Antes de que trescientos mil ejemplares de El asedio (Alfaguara) tomen el próximo miércoles las librerías de España, Arturo Pérez-Reverte se fue a navegar solo, “nada, fui a Ibiza y volví”, para pertrecharse de la soledad y los silencios que le van a faltar en la vorágine de promoción en la que ya está metido. Ha trabajado duro dos años, dice este marino lector “que ocasionalmente escribe novelas”. Dos años de ensamblaje, después de tanto ir y venir, y leer, y pisar Cádiz. Cuenta Pérez-Reverte que El asedio es una novela moderna con personajes y sucesos de dos siglos atrás. Con esa vehemencia imposible que se gasta, cuenta, como verán, muchas más cosas. El Cultural publica hoy en exclusiva un capítulo de la novela.

Ha escrito Pérez-Reverte una novela con todos los palos de su baraja y los triunfos que viene acumulando de sus partidas anteriores. El asedio es una novela de misterio, de mar, de amor, de política, de ciencia y de historia de España, por decirlo a la velocidad con la que Arturo habla. Es el relato de un gran fracaso. La historia de un mundo que se acaba y otro que no llega a nacer. Poblada de personajes con vidas derrotadas, entre los que destaca esa Lolita Palma que bien pudiera ser una Jane Austen enamorada del Cayetano Rivera de la época. Comerciantes avispados, artilleros franceses, jovencitas asesinadas, corsarios, policías corruptos y mucha pólvora completan la escena. Ya se sabe que en las novelas de Pérez-Reverte pasan muchas cosas. Estamos en la Cádiz de 1811.

- ¡Qué Cádiz! ¿Era, efectivamente, la ciudad más liberal de Europa?

- Lo era, lo era. Pero esta novela podía haberla situado en Troya, en el Leningrado cercado por los nazis, en el Madrid de 1936 o en el Sarajevo del 92. El problema que se plantea es un conflicto moderno. Pero Cádiz me daba unas características especiales: es una ciudad sometida a los vientos, con una topografía muy definida que no ha cambiado apenas en dos siglos: pones un mapa de hoy sobre un mapa del siglo XVIII y coincide casi exactamente. Todo eso me permitía moverme por ella con mucha seguridad. Es decir, Cádiz tiene esos elementos climatológicos, urbanos, arquitectónicos y geométricos que se adecuaban a mi historia.

"Lo que España tenía que haber sido y no fue"

-Además preparaba una constitución... Históricamente vivía una etapa importante...
- Sí, pero yo no quería contar eso. Eso ya lo contó Galdós y lo contó muy bien, y lo contó Ramón Solís, en Un siglo llama a la puerta, también muy bien. Yo no quería reescribir una novela histórica sobre Cádiz. Habría sido estéril, absurdo... Yo quería escribir mi novela, y que pasara en Cádiz. Una Cádiz que fue el ejemplo de la España que pudo ser y no fue. Donde la aristocracia no era de nobles, ni siquiera de dinero, sino de comerciantes, una aristocracia moderna, comparable a la Inglaterra o la Holanda de entonces, y con una clase dirigente abierta, liberal, que viajaba, que hablaba idiomas, donde la religión no era un elemento determinante, donde la política estaba supeditaba a la economía, y no al revés.

- Y era ese mar, lleno de comerciantes y corsarios, de intrigas, contrabandistas y asesinos el que lo hacía posible, ¿no?
- Sí, claro, ese continuo contacto con la civilización, con la cultura, con el comercio, con la guerra, con lo que venía de fuera, tanto libros como periódicos. Su relación ultramarina con las colonias de América hacía de Cádiz una ciudad especial, que no tenía nada que ver con el resto de España. España era entonces un lugar cerrado, oscuro, donde estaban los curas, los reyes, los ministros, y la aristocracia corrupta y acabada, mientras que Cádiz era moderna, abierta, y era el mar, sí, el que la hacía posible. ¡Me entristecía tanto pensar, mientras manejaba toda esa documentación de la época, lo que Cádiz era, lo que España tenía que haber sido y que no fue por nuestra estupidez de siempre...!

España es un país históricamente enfermo

- Cádiz como metáfora de la gran ocasión perdida. ¿Por qué se truncó la historia?
- Porque España es un país históricamente enfermo. Se ve muy bien en cuanto escarbas un poco en la historia: desde Indíbil y Mandonio, los Austrias, la Ilustración... Hasta ahora mismo... Mira cómo nos estamos cargando la democracia. En cuando se empieza a perfilar una España distinta, esa España que empieza a ser posible, la destruyen los mismos españoles: la arrogancia de unos y el fanatismo de los otros. En Cádiz, los constitucionalistas liberales no supieron ver lo que era posible y no era posible. Quisieron hacer una constitución radical de la noche a la mañana, y eso era imposible. La misma constitución tenía el gen de su destrucción. Y cuando lees las actas de los debates, ves cómo se odiaban unos a otros, cómo se puteaban, cómo usaban la Prensa como arma arrojadiza... cómo ese esquema dialéctico, terrible y destructivo, se va reproduciendo en el siglo XIX, XX y XXI. El oportunismo político ya se da en la Constitución de Cádiz. Es desolador ver cómo el español repite los errores, cómo se carga lo que se le ponga delante.

- ¿Hasta qué punto El asedio es una especie de balance, de fin de ciclo como escritor, después de estos veinte últimos años?
- Sí, lo es. Quería escribir una novela en la que de alguna manera estuvieran todas mis novelas anteriores y cupieran en ella todos mis lectores; no una novela total, que me parece una palabra pedante, pero sí lo bastante amplia como para que cualquier lector de mis distintas novelas tuviera un eco de las otras; una novela, si quieres, de madurez, con todos mis trucos, mi experiencia....

- Y su memoria, su memoria histórica particular...
- Sí, al fondo está España, como siempre. Más diluida que en Un día de cólera, Trafalgar o Alatriste, indudablemente. Pero no es una novela didáctica. Yo no quería contarle al lector lo que era España entonces, sino mover a mis personajes por esa España, de manera que al lector, mientras los acompaña, se le esté quedando pegada casi sin darse cuenta cómo era aquella España y ese mundo fascinante.

La memoria analfabeta es muy peligrosa

Pérez-Reverte se embala. No es que le duela España, es que le indigna su incultura, su falta de espíritu crítico. Se revuelve porque, dice, un país inculto no tiene mecanismos de defensa, y “España es un país gozosamente inculto”. Tiene el escritor en la punta de los dedos las batallas, los hombres, las tragedias que han hecho la historia para apuntalar sus argumentos.

- Mi memoria histórica tiene tres mil años, ¿sabes?, y el problema es que la memoria histórica analfabeta es muy peligrosa. Porque contemplar el conflicto del año 36 al 39 y la represión posterior como un elemento aislado, como un periodo concreto y estanco respecto al resto de nuestra historia, es un error, porque el cainismo del español sólo se entiende en un contexto muy amplio. Del año 36 al 39 y la represión posterior sólo se explican con el Cid, con los Reyes Católicos, con la conquista de América, con Cádiz... Separar eso, atribuir los males de un periodo a cuatro fascistas y dos generales es desvincular la explicación y hacerla imposible. Que un político analfabeto, sea del partido que sea, que no ha leído un libro en su vida, me hable de memoria histórica porque le contó su abuelo algo, no me vale para nada. Yo quiero a alguien culto que me diga que el 36 se explica en Asturias, y se explica en la I República, y se explica en el liberalismo y en el conservadurismo del XIX... Porque el español es históricamente un hijo de puta, ¿comprendes?

- Hombre, Arturo...
- Sí, el español es históricamente un hijo de puta, pero para comprenderlo, para aceptarlo, para quererlo, con lo bueno y lo malo -ahí está también su generosidad, su capacidad de olvidar y de perdonar, de empezar de nuevo- hace falta conocer sus tres mil años de desarrollo y no un pequeño periodo en el cual por sí solo no explica nada.... Me parece muy bien la Ley de Memoria Histórica, pero necesita tener una letra pequeña, un apéndice que la contextualice... Yo soy de Cartagena, y en Cartagena, que era zona roja, hubo de todo, hubo represión brutal de los milicianos y represión brutal de los falangistas. Y a mí, cuando era pequeño, me contaron las dos represiones, las dos; por eso, hablar de unos buenos y otros malos a estas alturas... Cualquiera que haya leído historia de España sabe que aquí todos hemos sido igual de hijos de puta, TODOS.

“¡No me cuentes historias!”

- No sé si sólo es cuestión de incultura...
- Si este país no fuese un país analfabeto, cuando a la gente le dicen: estos son los buenos y estos los malos, diría, ¡no me cuentes historias, que yo sé muy bien de qué estamos hablando, que yo he leído, que sé que no, que sé que los carlistas, y sé que los isabelinos, y sé que Fernando VII y sé que la Constitución, y sé que los nacionales, y los rojos, y sé que los socialistas, y sé que los comunistas... Que yo sé! El problema es que España es un país inculto, España es un país gozosamente inculto, es un país deliberadamente inculto, que disfruta siendo inculto, que hace ya mucho tiempo que alardea de ser inculto, y con gente así, esa Ley de Memoria Histórica es ponerle una pistola en la mano. No estamos preparados para leyes como ésas.

“¿Sabes realmente cuál es mi lamento histórico? Es que aquí nos faltó una guillotina al final del siglo XVIII. El problema de España, a diferencia de Francia, es que no hubo una guillotina en la Puerta del Sol que le picara el billete a los curas, a los reyes, a los obispos y a los aristócratas... y al que no quisiera ser libre le obligara a ser libre a la fuerza. Nos faltó eso, pasar por la cuchilla a media España para hacer libre a la otra media. Eso lo hemos hecho luego, hemos fusilado tarde y mal, y no ha servido de nada. El momento histórico era ése, el final del XVIII. Las cabezas de Carlos IV y de Fernando VII en un cesto, y de paso las de algunos obispos y unos cuantos más, habrían cambiado mucho, y para bien, la Historia de España. Nadie lo hizo, perdimos la ocasión, y aquí seguimos todavía, arrastrando ese lastre que nos dejaron aquellos que sobrevivieron y que no tenían que haber sobrevivido”.

Se acerca un lector devoto, ignorante de la gravedad de la situación, preguntando por su próxima novela. Otro, más tarde, le pide que le firme Cuando éramos honrados mercenarios, que lleva en su mochila. Al escritor le ruborizan los elogios y quiere que termine la escena vaporosa lo antes posible. Aparece el gran tímido que lleva dentro, tan alejado del bravucón que se mete en mil batallas. “Estas muestras de afecto me hacen sentirme mal, sentirme responsable, yo sólo soy un tipo que escribe, que mete mensajes en una botella sin esperar retorno”.

Ajuste de cuentas con el mundo

Siempre he creído que Pérez-Reverte habla como sus rudos personajes, pero que es él quien se parece a ellos, y no al revés. “La literatura -dice- es como el alcohol: nadie pone lo que no tiene. O lo robas, o lo tienes. Y a mis personajes los he hecho yo. No he bebido en fuentes documentales solamente. Es mi propia mirada sobre el mundo la que vierto en los libros. En ellos está mi sentido de la amistad, de la vida, de la muerte, de la lealtad. Creo que soy un escritor coherente”.

-Esa fama tan cimentada que lo acompaña, fama de independiente y libre, también de cierta chulería...
- ¿Y qué tiene de malo eso?
- ...fama de hombre herido...
- Herido no... ¿por qué? Bueno, acaba la pregunta...

- ...de estar en un continuo ajuste de cuentas con el mundo.
- Es que a mí el mundo que he visto no me gusta. Sí, es verdad, estoy herido por el mundo. Mi vida ha sido una sucesión de haitís... Y de Haití es tan culpable el azar como la estupidez de los hombres... y en mi vida, en mis artículos y en mis libros intento ajustar cuentas con el uno y con el otro. Porque a mí me han hecho los libros que he leído y las cosas que he visto. Y los libros me han servido para digerir e interpretar las cosas que he visto. Sin los libros no habría podido sobrevivir personalmente a muchas de esas tragedias que he visto, a Sarajevo del 92, al Beirut del 76, a Eritrea del 77. Esa colección de fotos, de fantasmas, de haitís que tengo en la memoria, sin esos libros como analgésico, como clave, me habría sublevado, estaría disparando contra la gente. Los libros me han dado cordura. Me han hecho digerir lo indigerible. Sin todos esos libros, estaría perturbado seriamente, sería una persona muy desagradable.

Todo Titanic tiene su iceberg

-Las cosas parece que han cambiado poco desde su Territorio Comanche de hace 20 años.
-El hombre moderno se niega a aceptar las reglas: el mundo es un lugar peligroso, hostil, todo Titanic tiene su iceberg, y nos negamos a verlo. La gente se deja timar por las agencias de viaje que hablan de lugares paradisíacos, pero el mundo es un sitio muy jodido. Es que los barcos se hunden, y los virus te infectan, y las balas te matan... es asombroso que la gente se niegue a aceptar que el mundo es un lugar así, pero los viejos lo sabían y nosotros lo hemos olvidado. Mira el cuadro de Brueghel el Viejo del Prado: esos viejos lo sabían, y con nuestra estupidez lo olvidamos todo y pagamos el precio de ese olvido. Y oímos: “¡Que me saquen de aquí!... ¡Que el gobierno intervenga!...” Pero, gilipollas, ¿por qué te has metido?

“El mundo es un sitio muy duro, sí”, remata el escritor, y continúa: “Pero, escúchame una cosa: cualquier médico de urgencias de un hospital, cualquier penalista que se pasea por la cárcel, cualquier chica que trabaje con marginados conocen la dureza del mundo. No hace falta ir a la guerra... Esto que tenemos aquí, en Occidente, es la excepción, el mundo real es aquello. Y ya no estamos preparados para defendernos frente al mundo."

Un trabajo, no un don divino

-Hace tiempo le oí decir que nunca pertenecería al mundo hipócrita, falso, lleno de envidias que es el mundo literario. “Prefiero -recuerdo que decía- estar fuera de todo esto y estoy muy feliz de no deber nada a nadie, en el terreno literario”.
- Ya ves que he sido coherente, que han pasado los años y he seguido mi camino. No debo nada, no, pero por eso no me creo mejor que nadie. Simplemente, no pertenezco a ese mundo; no voy a veladas literarias, ni a Hay festivales, ni a la Feria del libro (aunque a lo mejor este año voy). Me mantengo fuera. ¿Por qué? Porque no lo necesito. No veo que haya relación entre dar un ciclo de conferencias sobre la literatura del próximo milenio y escribir novelas. Y yo escribo novelas. Y trabajo todos los días y lo mejor que puedo. Esto es un trabajo, no un don divino. No soy un artista. Tengo una obligación moral conmigo mismo y con la gente que me lee. Tengo que concentrarme en eso y no ir por ahí teorizando sobre literatura, que me importa un carajo.

- Si, pero ahora es usted académico.
-Ya, pero eso no lo pedí. ¿Quién iba a rechazar ese honor? Estoy encantado, además. Estar entre gente sabia es un privilegio. Dice Javier Marías que la Academia es lo más parecido a un club inglés que ha visto en su vida. Pero no, no es un club, es algo abierto al mundo, a América; es un lugar de trabajo interesantísimo. Formar parte de ese grupo es un honor inmenso.

- ¿Lee los libros de otros colegas, o sólo libros de Historia?
-(Silencio largo, largo) Es evidente que algunos leo. Leo los libros de mis amigos. Leo poco, pero poco por dos razones: primero, porque tengo 58 años y me queda un tiempo limitado. Y prefiero leer historia, o clásicos griegos y latinos, que es lo que me gusta. Ya no leo prácticamente novela, pero releer a Montaigne, a Virgilio, a Suetonio, a Plutarco... eso sí me alimenta, me es útil. Yo voy cambiando, así que siempre me resulta una lectura diferente.

En el making-of de la entrevista se han quedado algunas curiosidades del escritor. Ahí van éstas: “Desde hace 25 años veo dos películas diarias en mi casa”... “De esta novela no sale una película, es demasiado compleja”... “Antes de tener éxito con mis libros, yo era igual de chulo”... “Sé que hay gente que mataría por mí y otra que no me soporta”... “No creas, yo también tengo mis ternuras”...

Y alguna perla más.

Blanca BERASATEGUI

http://www.elcultural.es/version_papel/letras/26696/Arturo_Perez_Reverte



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El_Curioso_Impertinente
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MensajePublicado: Vie Feb 26, 2010 3:11 pm    Asunto: Responder citando

... y al que no quisiera ser libre le obligara a ser libre a la fuerza.


Ahí está. Loco
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MacVamp
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MensajePublicado: Vie Feb 26, 2010 5:14 pm    Asunto: Responder citando

Gracias Bowman Guiño

Justo en estos momentos tengo El Cultural en mis manos y permitan que les diga que la foto de la portada no favorece en nada a Don Arturo Razz

Por cierto, la entrevista me ha gustado mucho y hay varias cosas que me han recordado ciertos momentos de la cena que tan amablemente compartimos con él, sobre todo en este párrafo: "Poblada de personajes con vidas derrotadas, entre los que destaca esa Lolita Palma que bien pudiera ser una Jane Austen enamorada del Cayetano Rivera de la época" Guiño
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"Ama a los mortales, pues, y sigue viviendo como lo has hecho, temerariamente, con apetencia por todo y amor por todo, pero llegará el momento en que sólo podrá salvarte el amor de los que son de tu estirpe". A. R.
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nexus6
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MensajePublicado: Vie Feb 26, 2010 5:17 pm    Asunto: Responder citando

Muchas gracias, Maese.
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Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.Es hora de morir
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Rogorn
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MensajePublicado: Vie Feb 26, 2010 5:33 pm    Asunto: Responder citando

MacVamp escribió:
Por cierto, la entrevista me ha gustado mucho y hay varias cosas que me han recordado ciertos momentos de la cena que tan amablemente compartimos con él, sobre todo en este párrafo: "Poblada de personajes con vidas derrotadas, entre los que destaca esa Lolita Palma que bien pudiera ser una Jane Austen enamorada del Cayetano Rivera de la época" Guiño

Cita que por cierto la periodista no cita como de Arturo. A ver ese libro de estilo.
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Siana
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MensajePublicado: Vie Feb 26, 2010 7:08 pm    Asunto: Responder citando

Gracias, Maese Guiño . Parece muy interesante el planteamiento de esta novela. A buen seguro nos hará un excelente retrato de ese momento de la historia. Lo que dice de nuestro país me recuerda a esta frase de Machado: Solo España puede cerrar los ojos y dejarse llevar al derrumbadero por gente tan menguada.
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Ada
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MensajePublicado: Jue Mar 11, 2010 12:43 pm    Asunto: Responder citando

“Con la Independencia sólo ganaron clases poderosas”
Ana Anabitarte - El Universal (México) - 11.03.2010

El escritor Arturo Pérez-Reverte consideró que el Bicentenario no se debería celebrar y que la Independencia de México fue “un gran fraude del que fueron víctimas las clases más desfavorecidas”. “Cuando hablan de celebrar el Bicentenario yo creo que más que celebrar deberían conmemorarlo con una misa fúnebre, porque en estos 200 años murieron muchas esperanzas de libertad, de progreso y de justicia”, aseguró.

En realidad, dijo, lo que se está conmemorando es la independencia de una clase poderosa económica que no ha soltado el poder en 200 años, y nada más. “Si no, vete a dar una vuelta por cualquier barrio de México, por cualquier campo de Perú o por la Pampa y verás que la miseria, el hambre y la incultura siguen siendo las mismas”, comentó.

El escritor hizo estas declaraciones en un encuentro con corresponsales de medios latinoamericanos con motivo de la publicación de su novela 'El asedio', que transcurre en el Cádiz (ciudad del sur de España) de 1811 y 1812, cuando estaba sitiada por las tropas napoleónicas.

“La revolución liberal de Cádiz se hizo sin el pueblo. Es una revolución hecha por abogados, por clérigos ilustrados, por militares y por aristócratas”, aseguró. “El pueblo fue el pretexto, el gran argumento que utilizaron unos y otros para imponer sus tesis políticas, pero siempre estuvo lejos de eso. Y en América pasó lo mismo”, comentó.

En la conferencia, el autor dijo que “la independencia la hicieron unas clases ilustradas, criollas, mestizas, de españoles afincados ahí que decidieron con todo el derecho y la legitimidad del mundo que ya estaba bien de depender de dos impuestos, de las normas y las rigideces impuestas por un sistema económico anquilosado y anticuado, que era el que le imponían desde España. Pero el pueblo estuvo al margen”.

En su opinión, “durante 200 años el pueblo no ha ganado nada con la independencia. Los que han ganado son las clases dirigentes, que estaban antes con los españoles y que están ahora sin los españoles. Pero son las mismas”.

Reconoció que, además de ser su novela más extensa (700 páginas), es la más compleja y ambiciosa y en ella están todos los géneros. “Es una novela de amor, aventuras, bélica, romántica y científica, en la que hay intriga y suspense”.

Durante los dos años que ha tardado en escribirla, el periodista y académico ha buceado en Cádiz, una ciudad que en 1811 Y 1812 reunió a una elite política “culta” que llevó a cabo “nuestra revolución francesa” y que intentó construir “la España que hubiéramos deseado”.

Una clase política que, en su opinión, nada tiene que ver con “el evidente analfabetismo” que existe ahora entre los políticos españoles y latinoamericanos.

“Los políticos son incultos, superficiales y la mayoría no han leído un libro. Tanto en España como en América, el político debería tener una formación superior que le permita guiar el país con profundidad. Pero te encuentras con auténticos analfabetos y bestias incultas”.
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vetinari
Alférez


Registrado: Jul 26, 2007
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MensajePublicado: Jue Mar 11, 2010 12:57 pm    Asunto: Responder citando

Gracias, Ada. Don Arturo como siempre poniendo los puntos sobre las íes.
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nexus6
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Registrado: Oct 01, 2008
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MensajePublicado: Jue Mar 11, 2010 3:09 pm    Asunto: Responder citando

Gracias, Ada. Guiño
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El_Curioso_Impertinente
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MensajePublicado: Jue Mar 11, 2010 6:58 pm    Asunto: Responder citando

Arturo Pérez-Reverte escribió:
““Los políticos son incultos, superficiales y la mayoría no han leído un libro. Tanto en España como en América, el político debería tener una formación superior que le permita guiar el país con profundidad. Pero te encuentras con auténticos analfabetos y bestias incultas”.


En su libro Ahora hablaré de mí, Antonio Gala cuenta que durante la Transición le ofrecieron un cargo político dado el bajo nivel de muchos cargos nombrados apresuradamente entre lo que había disponible y que no tenían una gran preparación. "En un pueblo de Jaén- le dijo Rodríguez de la Borbolla a Gala-, ha salido un alcalde cuya única virtud es matar cerdos de un puñetazo" Alterado Ojos Movidos . Y no hace doscientos años ni cien; hace sólo veintitalgunos, ojo.
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Earelen
Alférez


Registrado: Mar 14, 2005
Mensajes: 1022

MensajePublicado: Jue Mar 11, 2010 9:42 pm    Asunto: Responder citando

Muchas gracias Ada.

El_Curioso_Impertinente escribió:
Arturo Pérez-Reverte escribió:
““Los políticos son incultos, superficiales y la mayoría no han leído un libro. Tanto en España como en América, el político debería tener una formación superior que le permita guiar el país con profundidad. Pero te encuentras con auténticos analfabetos y bestias incultas”.


Y no hablemos de los "cargos de confianza", amigos de muchos políticos o lo que es lo mismo, los políticos y sus secuaces. Y lo más gracioso es que están totalmente convencidos de que son los que más saben y te lo quieren hacer creer a tí. Personas sin apenas formación con unos cargos de gran responsabilidad y unos sueldos que quitan el hipo. Los ves ahí alardeando y cometiendo una pifia tras otra y te entran las siete cosas, y no hace falta irse a la Moncloa, desgraciadamente. Y lo peor de todo, es que encima de ignorantes algunos/as son también mala gente.

Desde luego que cuando escucho a más de uno/a me desencanto un poquito más del género humano. Es el mundo al revés.

Por cierto lo de "bestias incultas" me ha encantado.
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El_Curioso_Impertinente
Capitán


Registrado: Dec 07, 2008
Mensajes: 6185
Ubicación: Regne de Mallorques

MensajePublicado: Jue Mar 11, 2010 10:06 pm    Asunto: Responder citando

¡¡Cargos de confianza dices, Earelen!! Un amigo que trabaja en la administración autonómica me habló de un compañero que tuvo: un tío furro, furro, furro, un inútil que no hacía una a derechas y detrás del cual había que ir siempre porque todo lo que tocaba lo jodía. Una joya, vamos. Pues bien, se marchó de la oficina, suspiraron todos de alivio y después de las últimas elecciones autonómicas, el zopenco que había estado cagándola continuamente siendo auxiliar administrativo regresó al mismo departamento... ¡¡¡de director!!!

Si para dedicarse a la cosa pública hay que tener vocación de servicio y no de mando (o de enriquecimiento), toda esta gente serviría a la sociedad absteniéndose de meterse en política. Aún será que lo que los mueve es lo otro.
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Trinidad



Registrado: May 14, 2005
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Ubicación: Algeciras (Cádiz)

MensajePublicado: Vie Mar 12, 2010 1:56 pm    Asunto: Responder citando

Gracias Ada.
Estoy de acuerdo con don Arturo. Una misa fúnebre para seguir lamiéndonos nuestras heridas.
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Trinidad



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Ubicación: Algeciras (Cádiz)

MensajePublicado: Mie Mar 24, 2010 9:38 am    Asunto: Responder citando

Encuentro digital en el mundo.es, día 24 de marzo a las 17:00

Señoras, señores, señoritas, señoritos, envíen su pregunta a don Arturo:
http://www.elmundo.es/encuentros/invitados/2010/03/4094/
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